Cómo vivir una vida larga, sana y feliz.

Objetivo: vivir más y mejor.

La Anti-Edad

Está en tu mano conseguirlo. ¿Cómo?Quiérete, saborea la vida y aprecia lo que te rodea. Siéntete afortunada. Y cuida lo que tienes: tu cuerpo, tu mente.Dale a tu cuerpo una buena alimentación y un aire limpio.Y mantenlo activo y en movimiento.Simplemente vive bien, y vivirás mucho.


1. Piensa en positivo.

Acéptalo: todos los estudios serios coinciden en que una vida feliz
potencia un organismo sano y un sistema inmunológico fuerte.
Y si crees que la felicidad depende del destino, de la suerte, de tu
posición social o de tus medios económicos, te equivocas. La felicidad
depende de ti (y ese es un hecho en el que insistimos y te demostramos una
y otra vez, de una y otra manera, en los artículos de PSICOLOGÍA
PRÁCTICA). La felicidad surge de dentro de ti si te entrenas para ello
-como tus pensamientos-, y no depende tanto como crees de lo que pase
fuera.


 
Aceptación y buena cara.

 Aceptémoslo: la vida es un continuo estrés, esfuerzo, actividad constante,
no importa el motivo o el objetivo. Tanto si te toca la lotería, si
pierdes tu trabajo como si consigues el trabajo de tu vida, tu momento se
ve trastocado, confuso y en pleno proceso de decisiones y resoluciones.
Puedes acertar y te puedes equivocar: ahí está el gran reto que crea
sufrimiento en tu vida.
El nacimiento de un hijo puede ser una gran alegría a la que seguirán
momentos de estrés, cansancio, dudas y preocupaciones. La satisfacción de
un coche nuevo genera un desembolso de dinero y de mantenimiento,
preocupaciones y nuevos problemas. Conseguir en novio al que siempre
aspirabas no te acaba de garantizar la tranquilidad y la alegría
permanente que tú dabas por hecha.
 
Por supuesto, no todo vale, y no todo es lo mismo, y siempre preferimos
que nos pasen cosas agradables a que abunden los desastres en nuestra
vida, pero lo cierto es que la felicidad no depende tanto de que pasen
"cosas buenas" en tu vida como de la disposición o la actitud con que
afrontes las cosas que pasen, cualesquiera que sean.
Y en buena medida, el secreto reside en la aceptación.
 
 
El origen psicosomático de muchas disfunciones.
 Y sin embargo, nuestra mente se ha llenado de hábitos perniciosos cargados
de victimismo (pobre de mí, esto sólo me pasa a mí, nunca podré superar lo
que mi madre me hizo...), competitividad (me duele que su hijo saque
mejores notas que el mío), rabia (¿por qué él tiene que ser así en vez de
ser como yo quiero?) y otros pensamientos dañinos que dan lugar a
emociones dañinas, que a su vez bloquean el funcionamiento normal de
nuestro organismo y perjudican seriamente nuestra salud.
Las denominadas "enfermedades psicosomáticas" son o pueden serlo
prácticamente todas -sin que ello signifique que todas las disfunciones
físicas tengan siempre un origen psicosomático al cien por cien.


 
Conciencia, voluntad y práctica.

Es importante, en primer lugar, detectar esos pensamientos de efectos
dolorosos o paralizantes, tomar conciencia de cada uno de ellos así como
de su origen. ¿Qué nos hace pensar así? ¿De dónde hemos sacado estas
conclusiones? Así, desenmascararemos la falsedad y la poca solidez de
estos pensamientos irracionales que nos producen tanto malestar y
sufrimiento.
Después de tomar conciencia, reafirmamos nuestra voluntad de cambio: de ir
desterrando de nuestra mente esos hábitos equivocados de pensamiento, y
sustituirlos por otros más positivos y creativos, que incidan en nuestro
bienestar.
 
Y seguidamente, se trata de poner manos a la obra y entrar en acción:
práctica y más práctica. Al principio nos resultará difícil detectar y,
sobre todo, sustituir los viejos pensamientos por otros más positivos.
Puede que incluso nos resulte falso (porque aún no forma parte de nuestra
personalidad, tan afianzada en antiguas costumbres), pero con el tiempo,
nos resultará más acertado y real.



 
Pensar mejor para vivir mejor.

- Los pensamientos victimistas (soy un desastre) pueden ser sustituidos
por otros como: puedo hacerlo, sólo necesito un poco más de práctica y
experiencia.
 
- Los pensamientos fatalistas (mi padre nunca me quiso y por eso yo nunca
me aceptaré) deben dar paso a una actitud nueva en la que asumas la
responsabilidad: mi padre pudo tener sus limitaciones afectivas o vitales
en su momento, pero mi vida me pertenece a mí y yo puedo conducirme hacia
donde quiera en cada momento; me acepto, me quiero, me cuido, y cuido a
las personas que me rodean porque así es la vida que quiero vivir.
 
- Los pensamientos de competitividad (no soporto que mi pareja tenga más
amigos, gane más dinero o haga las cosas mejor que yo) pueden ser
canalizados por la fuerza del amor: es una suerte tener una pareja que sea
tan buena persona (tan brillante, tan ingeniosa, generosa, con ese sentido
del humor...); me alegro de que tenga un buen sueldo, lo que, además, nos
facilita hacer ciertas cosas, y me encanta su habilidad para hacer bien
las cosas. Tenerle a mi lado me resulta una inspiración.
 
- Los pensamientos que producen ira (siempre me dejas en mal lugar delante
de mis amigas, eres un desconsiderado) pueden desprenderse de nuestro
sentido de identificación con él y nuestra manía de tomarnos las cosas
ajenas personalmente: él es como es y eso no tiene nada que ver conmigo;
sólo se manifiesta a sí mismo cuando actúa y cuando habla, y yo no soy
responsable de su forma de ser; por otra parte, es su vida y tiene todo el
derecho a ser como quiera ser y no como yo prefiera que sea.


 
Cuerpo sano en mente sana.

 Una vida de aceptación y apreciación por lo que te rodea te aportará
satisfacción y sentido de realización personal. Te sentirás en armonía con
tu entorno y esto se traducirá en una paz interior que hará fluir la
energía en tu organismo, manifestándose en el fortalecimiento y el
funcionamiento eficaz de todos los órganos y sistemas.
Las respuestas eléctricas y químicas del organismo serán más rápidas y
efectivas, con la producción de agentes aliados, como las hormonas de la
juventud, las endorfinas estimulantes, la placentera serotonina o la
eficacia defensiva del sistema inmunológico.

 "Nos alimentamos para recuperar energías, no para agotarlas".


 
 2. Come alimentos frescos y limpios.

 En los países orientales, tradicionalmente suelen utilizar una regla
básica de donde partir: come alimentos vivos y evita los alimentos
muertos.
Y no se trata de una incitación al canibalismo.
Los alimentos vivos, o frescos, suelen ser ricos en nutrientes y pobres en
toxinas, ya que aún no ha empezado su proceso de descomposición.
Pero esto es así sólo si no han sido tratados con productos químicos
(insecticidas para las plantas, fertilizantes y sobreutilización de la
tierra, ceras para las frutas, modificación genética, etc.) Por este
motivo, nuestra segunda recomendación consiste en buscar los productos de
origen ecológico, libres de productos químicos.
 
Alimentos vivos son las verduras y frutas frescas; tubérculos como las
patatas y los boniatos (sin hongos ni brotes); brotes germinados (de soja,
lentejas, cebolla, etc.); legumbres y cereales en grano que no lleven
demasiado tiempo en la despensa; algas, etc.
Alimentos muertos son las conservas, alimentos deshidratados (como las
sopas en polvo), embutidos, pastelería y pastas refinadas (con esceso de
azúcar y grasas hidrogenadas) y comida basura (o mejor "no-comida") en
general, como las hamburguesas, salchichas y supuestas "delicias de pollo"
de los restaurantes de comida rápida.
 


 
Suplementos: un seguro de salud.

 Dado que el estilo de vida actual nos requiere un exceso de estrés (no de
actividad física sino de estrés mental) y contaminación (humo de los
coches, fábricas, tabaco, ruidos, estímulos visuales y mediáticos...),
nuestro organismo genera más radicales libres y se produce un exceso de
acidificación que rompe nuestro equilibrio, produciendo un desgaste
prematuro. Desgaste que puede ser compensado a través de los nutrientes
adecuados (antioxidantes y alcalinos).
Pero nuestra alimentación no lo garantiza. Aun planteándonos tomar cinco
comidas livianas al día, completas de los nutrientes necesarios, es
difícil llevarlo a cabo cada día, día tras día, siempre.
Y aun creyendo conseguirlo, hay que tener en cuenta otros factores: el
estado de las tierras de cultivo (las tierras sobreexplotadas aportan
menos nutrientes), el uso de productos químicos en el cultivo y
conservación, el tiempo de almacenamiento y transporte, la conservación en
las tiendas, la forma de cocinar los alimentos (los fritos y planchas
toxifican los alimentos; los hervidos desprenden los nutrientes, que se
pierden en el agua...)
Por este motivo, es conveniente tomar suplementos de nutrientes, que nos
garanticen el aporte adecuado y diario.
 
 
Por otra parte, hay que tener en cuenta las situaciones de desgaste
específico: en época de embarazo, menstruación, exámenes, ejercicio
físico, etc. No es igual, por otra parte, los nutrientes que necesita una
persona anciana que una niña en la preadolescencia o un chico veinteañero
que acaba de dejar la casa familiar.
 

ATENCIÓN:
 - Para cada situación (embarazo, competición deportiva, crecimiento, época
de exámenes) se necesita un complejo de nutrientes específico y concreto.
 
- Los suplementos naturales o de origen natural (cuando sea posible) son
más fácilmente asimilables que los sintéticos o de laboratorio.
 
- ¿Cuándo tomar los suplementos?:
    - Con la comida: complejos vitamínicos en general, antioxidantes...
    - Fuera de las comidas: aminoácidos, glucosamina...
    - Antes de las comidas: los probióticos, fibra, algas...
    - Junto a alimentos grasos como el aguacate o el aceite de oliva de
las ensaladas: ácidos grasos esenciales, lecitina de soja, coenzima Q10 y
vitaminas liposolubles como la A,D,E,K.
 
Cómo comer:
 
- Comidas frugales: que no te dejen una sensación de empacho, pesadez y
necesidad de descanso. Recuerda: NOS ALIMENTAMOS PARA RECUPERAR ENERGÍAS,
NO PARA AGOTARLAS.
 
- Entre cuatro y seis comidas al día: se trata de aportar energía a
nuestro organismo periódicamente, cada tres o cuatro horas.
 
- Despacio, sentadas y concentradas en lo que ingerimos: eso nos hará
comer menos y saborearlo más. Evitar comer sin pensar mientras vemos la
televisión o trabajamos. Evitar comer rápido y con ansiedad, lo que nos
haría comer mucho más de lo que nuestro organismo necesita.
 
- más de...

 1. Verduras:
están cargadas de fitoquímicos que son como la farmacia de la
naturaleza. Nutrientes como las vitaminas y minerales, y mucha fibra para
mantener nuestros intestinos limpios, sanos y eficaces. Espinacas,
acelgas, zanahorias, nabos y rábanos con sus hojas verdes, coles, etc.
 
2. Cereales integrales: Son hidratos de carbono complejos que nos aportan
energía duradera. Nutrientes (vitaminas y minerales) y fibra. Trigo,
centeno, cebada, avena, espelta, kamut... en sus formas enteras, en pan,
pasta, pasteles...
 
3. Fruta: Dulce y sabrosa, rica en vitaminas, minerales, fibra y fructosa
(una forma de azúcar, por lo que no es conveniente abusar). Mejor no
mezclar con la comida, sino tomar sola, para que no dificulte la digestión
de otros alimentos. Naranjas, kiwis, manzanas, ciruelas, uvas, peras,
sandía, melón (relativamente indigesto, por eso se recomienda no mezclar
ni siquiera con otras frutas)...
 
4. Legumbres: Ricas en minerales, vitaminas, hidratos, aminoácidos
(algunos de los que forman las proteínas) y fibra. Cocinarlas a fondo para
evitar el efecto no deseado de los gases intestinales. Convenientemente
combinadas (con arroz, por ejemplo) da lugar a las proteínas completas.
Lentejas, judías secas, garbanzos, soja ... (Prestad especial atención a
incluir la soja en vuestra alimentación, en todas sus formas: germinada
fresca, pan, en grano, tofu -una especie de queso-, proteína...)
 
5. Frutos secos y semillas: ricos en ácidos grasos esenciales omega 3.
Nueces, almendras, semillas de linaza, de sésamo, de calabaza, de
girasol... En su forma entera o en forma de aceite de primera presión en
frío.
 
6. Algas: espirulina (en forma de pasta), wakame, agar agar, etc. en sopas
o ensaladas. Son desintoxicantes, antioxidantes y nutritivas.
 
7. Agua y líquidos: para ayudar al organismo en el proceso de
detoxificación. Agua limpia (sin los metales que arrastra el agua
corriente) y baja en minerales. Tés, altos en antioxidantes; mejor sin
teína. Té de jazmín, infusiones de cola de caballo, diente de león,
gengibre, etc.
 
 
- menos de... (*)

 1. Carnes y sus derivados, como los embutidos y los lácteos: altos en
grasas saturadas. Si a ello se le añade las hormonas y antibióticos con
que se le tratan a los animales para el consumo y los piensos químicos que
comen, el resultado es un conglomerado de toxinas. Las proteínas y
vitaminas (como la B12) pueden complementarse en otros alimentos (como la
soja o la combinación de legumbres y arroz).
 
2. Pescados y mariscos: generalmente procedentes de mares contaminados y
tratados con elementos químicos para su conservación y frescura. Sus
ácidos grasos esenciales omega 3 pueden adquirirse de los frutos secos,
aceite de linaza, etc.
 
3. Conservas y alimentos muy elaborados: altos en conservantes,
colorantes, saborizantes y otros productos químicos tóxicos.
 
4. Pastelería y dulces: el exceso de azúcar se convierte en grasa, además
de que hace uso de nuestros nutrientes. Ricas en grasa parcialmente
hidrogenada, las peores.
 
5. Café, alcohol y otras adicciones cotidianas. Dado su escaso aporte
nutritivo y su alta carga de toxicidad -especialmente en su abuso-, no
deberían ser considerados propiamente alimentos.
 
 
(* No sugerimos que los alimentos mencionados en la columna de "Menos
de..." deberías ser eliminados, ni consideramos que sean inadecuados, sólo
planteamos que en nuestra cultura abusamos de los mismos y sería
conveniente reducir su ingestión.)
 
LOS PRODUCTOS LÁCTEOS NO GARANTIZAN LA CALCIFICACIÓN DE LOS HUESOS.
 Error: "Tomar muchos lácteos para calcificar los huesos".
 Hecho: Contrariamente, el consumo excesivo de lácteos puede producir
descalcificación, debido al alto contenido proteínico de la leche de vaca,
ya que la descomposición y metabolización de las proteínas precisa del
calcio, que nuestro organismo se ve obligado muchas veces a retirar de
nuestras reservas de calcio en los huesos.
 
 
Toma nota: LOS IGNORADOS DE NUESTRA ALIMENTACIÓN.
 Toma más soja (rica en fitoestrógenos), algas (minerales) y té
(antioxidantes): te ayodarán a detoxificar y fortalecer tu organismo a
corto, medio y largo plazo.
 
Abandona o reduce las drogas cotidianas: toma menos dulces, alcohol y café
-y deja de fumar. Ni el azúcar, ni el alcohol ni el café son alimentos,;
sin embargo, roban tus nutrientes almacenados para su metabolización.
 



3. Ejercicio físico.

El cuerpo responde a la ley universal de que lo que no se usa se pierde.
Por otra parte, hay que contar con los efectos añadidos de la respuesta
química y hormonal que se da en tu cerebro y en todo tu organismo a través
del ejercicio, disparándose la producción de endorfinas y otras hormonas
"de la felicidad".
 
Se considera que una buena forma física requiere realizar tres tipos de
ejercicios físicos: aeróbico o cardiovascular, anaeróbico o pesas, y
elasticidad.
 
 
- Muévete, corazón.
 
Los ejercicios aeróbicos son los que requieren un gran aporte, continuado,
de oxígeno. La necesidad permanente de un aporte extra de oxígeno hace que
el corazón bombee más sangre, produciendo más pulsaciones, por lo que
también se le llama ejercicio cardiovascular. Caminar, correr, ir en bici,
nadar o las mismas clases de aeróbic (como su nombre indica) son
ejercicios considerados cardiovasculares.
 
El corazón es un músculo, y el sistema cardiovascular en general está
formado por músculos Involuntarios (venas, arterias), de forma que activar
el sistema cardiovascular fortalece a todos sus músculos. Pero sus
beneficios no se quedan sólo aquí, porque un sistema cardiovascular fuerte
implica una distribución efectiva de nutrientes y eliminación de residuos.
Sus beneficios, pues, se manifiestan en nuestro organismo completo.
 
 
- Pesas para fortalecer y calcificar.
 
Un adecuado ejercicio cardiovascular potencia tu forma física y un fondo
resistente (para caminar, subir escaleras o una montaña sin cansarte y con
una rápida recuperación), pero no garantiza la fortaleza de tu cuerpo o de
tus miembros por separado. La tendencia a padecer dolores lumbagos,
artrosis, tortícolis, lesiones de articulaciones, etc. puede compensarse y
prevenirse con estiramientos y, sobre todo, con ejercicios de pesas.
 
Al hacer fuerza u oponer resistencia (levantamiento de pesas) se produce
un rompimiento de fibras musculares que se autoregeneran produciendo
fibras aún más fuertes y sólidas, que dan lugar al desarrollo y
fortalecimiento muscular. Los ejercicios de pesas localizados (bíceps,
espalda, abdominales, lumbares, etc.), por tanto, dan lugar al
fortalecimiento de esas zonas.
Por otra parte, estos ejercicios provocan una resistencia o frotación en
las articulaciones y en los huesos, por lo que los huesos se hacen más
fuertes absorbiendo el calcio de la sangre. De esta manera, los ejercicios
con pesas o de resistencia producen la calcificación de los huesos, como
preventivo e incluso como paliativo/curativo de la descalcificación que se
produce con el paso del tiempo, especialmente en las mujeres.
 
Los ejercicios "con pesas" pueden realizarse en la sala de máquinas de un
gimnasio (solicitar de la entrenadora personal un cuadro de ejercicios
adecuado a tu edad, situación física y objetivos), con pesas propiamente
dichas, o bien con ejercicios de resistencia muscular concretos, como los
abdominales, flexiones en el suelo, subir y bajar de puntillas, sentarse
contra la pared sin siulla, etc. Tu resistencia consiste en contrarrestar
la propia fuerza de tu peso y la gravedad.
 
 
- Estiramientos para tonificar y prevenir lesiones.
 
Tu cuerpo es sabio y ya se despereza por la mañana estirándose. Los
estiramientos tonifican músculos y huesos, y llaman a la oxigenación. Con
la práctica, el cuerpo adquiere elasticidad y ligereza. Si mantienes los
estiramientos durante segundos (cada vez más tiempo), consigues ampliar el
campo de movimiento, de giro, de elasticidad y flexibilidad.
Y ya sabes: un objeto rígido se rompe con facilidad, un objeto flexible
cede y resiste. Lo mismo le ocurre a tu cuerpo.
 
 
Yoga para reconectar con la paz interior.
 
Los ejercicios de estiramiento han de ser lentos, forzar poco (aunque cada
vez un poco más) y evitar los golpes bruscos. En cada estiramiento debemos
expirar o soltar el aire, relajarnos hasta sentirnos cómodamente en esa
postura y mantenerla durante unos segundos. Con la práctica, te
flexibilidad se va haciendo mayor.
Aprovecha esos momentos para concentrarte en el aire que abandona tus
pulmones, en los músculos que se estiran. El tiempo se para, el mundo se
aquieta. Concéntrate en esa paz y deja la mente en blanco.
Acabas de convertir tus ejercicios de estiramientos en una práctica de
yoga para la meditación y la paz interior.
 
 
Hacer de la experiencia física una experiencia espiritual.
 
Toma nota: esta misma sensación de conexión cuerpo-mente, práctica física
para la práctica mental o espiritual, puedes conseguirla también en el
resto de tus ejercicios físicos (cardiovasculares o con pesas).
Concéntrate en tu trabajo físico, respira, visualiza, vive el momento,
identíficate con tu cuerpo (los músculos que utilizas, las pulsaciones del
corazón y la sangre en las venas, el aire que entra y sale de tus pulmones
y en cada una de tus células) y harás de tu experiencia física una
experiencia espiritual.
 
Tu experiencia será más completa.
Tu vida más intensa y feliz.
 Y tu salud te lo agradecerá.
 
 
El libro:

La anti-edad.

Secretos para una vida más larga, joven y sana
Marié Morales.

Editorial Tikal.

 

 


Texto: Marié Morales.

 




















 
Marié Morales
@crecejoven

En estas páginas nos proponemos investigar las causas del envejecimiento, que es como decir de la vida y el crecimiento, y a partir de ahí, establecer unas pautas que nos permitan vivir una vida más larga, sana, y en definitiva, feliz.  más >>








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