Stefan Klein:

Ayudar a los demás libera las mismas hormonas que tener relaciones sexuales.



Las personas altruistas son más sanas y felices y, en última instancia, siempre tienen más éxito en todos los objetivos que se proponen.


 
Los hallazgos científicos más recientes demuestran que el mundo no pertenece a las personas egoístas sino que, por el contrario, la generosidad vence siempre. En esta entrevista, el autor de “La revolución generosa” nos explica por qué las personas altruistas son más sanas y felices y, en última instancia, siempre tienen más éxito en todos los objetivos que se proponen.
 
 
¿Qué quiere decir que la generosidad vence?
Aun cuando a corto plazo, la búsqueda del beneficio personal pueda resultar provechosa, las personas generosas casi siempre consiguen mayores logros a largo plazo; y además por partida doble.
 
¿Cómo es eso?
Por un lado, buscar el bienestar ajeno las beneficia personalmente. Las personas que piensan en las necesidades de los demás suelen ver recompensada su acción con creces, porque se ganan la fama de ser gente en la que se puede confiar. Por eso vale la pena estar allí donde la competencia entre individuos sea más acusada. Distintos estudios llevados a cabo en universidades norteamericanas muestran, por ejemplo, que aquellos estudiantes que hacen partícipes a los demás de sus conocimientos tienen indudablemente más éxito. La razón estriba en que ellos obtienen a su vez información, y además se aprenden mejor la materia cada vez que la explican. Un fenómeno similar observamos en el mundo de las finanzas: el homo oeconomicus, la persona que nada más piensa en su propia prosperidad, a la larga hace malos negocios.
 
Eso por un lado. ¿Y por el otro?
Por otro lado, la competencia no se da sólo entre individuos, sino también en grupos de personas entre sí; en las empresas o el deporte, por ejemplo. Por eso dependemos del bienestar de quienes nos rodean. ¿De qué me sirve quedarme con el trozo de pastel más grande de mi comunidad, si la comunidad entera sucumbe a otra donde el egoísmo es menor? Y la historia se repite: como en la mayoría de las situaciones, los seres humanos únicamente pueden ganar en equipo, la evolución no sólo nos ha programado con ambición personal, sino también con una percepción de lo colectivo.  
 

¿Por qué las personas altruistas son más sanas y felices?
La naturaleza es exigente, pero nos recompensa haciendo que nos sintamos bien. Cuando hacemos algo por los demás de forma voluntaria, los denominados «centros de placer» de nuestro cerebro entran en acción. Cuando ayuda usted a un amigo o amiga a mudarse de casa, cuando le da una información a un desconocido o destina dinero a una buena causa, en su cabeza se liberan exactamente las mismas hormonas que al disfrutar de una tableta de chocolate, ¡o al tener relaciones sexuales! En realidad, la diferencia está en que el efecto es más duradero. Las personas que se vuelcan en los demás son en general más felices que las egoístas, a lo mejor también porque encuentran más sentido a sus vidas. Y gozan de mejor salud, lo que a su vez se traduce en una mayor esperanza de vida. Ésta es la asombrosa conclusión que han arrojado unos estudios realizados a miles de personas de distintos países, entre ellos España. Probablemente esté relacionado con la acción de hormonas como la oxitocina. La segregamos cuando establecemos un vínculo con otro ser humano, fomenta la confianza y por otra parte disminuye el miedo y reduce el estrés.  
 
 
¿Qué tiene que ver la ley de la simetría (“como tú a mí, yo a ti”) con la generosidad?
«Como tú a mí, yo a ti» presupone la benevolencia, la generosidad y el perdón mutuos. Todos los matrimonios estables son un ejemplo de cómo funciona esta estrategia: uno de los miembros debe dar siempre el primer paso y concederle al otro el beneficio de la duda. La pareja sensata es capaz de perdonar en el acto cuando el otro ha abusado de dicha confianza, pero desea volver a cooperar. Si la virtud del perdón no mitigase el ojo por ojo, diente por diente, el más mínimo malentendido supondría el fin definitivo de toda cooperación, en perjuicio de ambas partes. Dicho sea de paso, se ha demostrado que practicar la indulgencia es beneficioso. Quien no recrimina al otro al primer desliz, sino únicamente cuando el saboteo es recurrente, reduce el peligro de un conflicto largo y extenuante.
 
Las grandes desigualdades (económicas, sociales o en las relaciones personales) no favorecen las relaciones ni tampoco el bienestar personal. ¿Por qué?
Porque las relaciones funcionan mejor cuanto más tengan que ofrecerse sus miembros. Si uno tiene muy poco y el otro mucho, faltará, por así decirlo, la argamasa que los mantiene unidos. En la sociedad se da un efecto adicional: cuanto mayor sea la desproporción entre los que viven en la luz y los que están en la sombra, menor será la motivación de cada individuo para interceder por el bienestar y la confianza ajenos. Esto se puede demostrar incluso matemáticamente. Por eso las diferencias demasiado acusadas entre ricos y pobres son perjudiciales incluso para los ricos.
 
¿Cómo relacionarse en una situación de desigualdad? 
Podemos visualizar las pocas cosas que separan a las personas en comparación con todo aquello que las une; al fin y al cabo, todos sentimos, y tenemos alegrías y penas. Y desde la perspectiva de los genomas somos idénticos en más de un 99,9 por ciento a todas las personas de nuestro mismo sexo. «Ama a tu prójimo porque es como tú.» Así tradujo el filósofo judío Martin Buber el mensaje principal de la Biblia. 
 

¿Cómo favorecer la confianza? 
El crecimiento de la confianza es paulatino, y aumenta a paso más seguro cuanto mejor nos conocemos unos a otros. Es especialmente asombroso lo que ha mostrado el neuroeconomista norteamericano Kevin McGabe en una serie de experimentos fascinantes. En ellos los sujetos de experimentación aprendían a confiar los unos en los otros. Al principio se afanaban mucho por percibir el mayor número posible de señales sutiles enviadas por el otro, pero al cabo de un tiempo ese control recíproco cesaba. Pasaban a confiar el uno en el otro prácticamente a ciegas y apenas si hubo desengaños. Sin embargo, las personas carentes de la sensibilidad necesaria no llegaban en ningún momento a ese estado y la vigilancia mutua era cada vez mayor. 
 
¿Por qué nos sentimos a menudo separados, segregados y competitivos? 
Porque con toda seguridad los seres humanos no han sido únicamente programados para ser altruistas. Probablemente tengamos una predisposición a pensar primero en nuestros intereses, una predisposición incluso muy marcada; y en muchos aspectos la sociedad en que vivimos refuerza aún más esta programación. Pero lo interesante no es preguntarse en qué medida el egoísmo forma parte de la condición humana. Es mucho más determinante saber si además tenemos otros impulsos con los que estamos menos familiarizados y de qué manera podemos potenciarlos. 
 
¿Y de qué manera podemos potenciarlos?
Nuestro abanico de aptitudes es enorme. La evolución ha diseñado a los seres humanos como corredores. Con el entrenamiento adecuado, toda persona sana puede concluir con éxito una maratón, pero habrá otras que realicen en coche hasta los trayectos cortos y a consecuencia de ello se les atrofia completamente la musculatura de las piernas. Lo mismo ocurre con nuestra predisposición natural al altruismo, podemos descuidarla o ejercitarla. 

 
 

Algunas pautas para desarrollar la solidaridad

 
Es preciso que desechemos los arraigados prejuicios que tenemos sobre nosotros mismos. 
 
Así pues, parece cuestionable soñar con la autonomía del individuo, esa idea extendida de que cada cual debe determinar su propio destino. Puesto que cuanto más se necesiten los seres humanos unos a otros y más reconozcan dicha necesidad, antes estarán dispuestos a compartir y a ayudarse mutuamente. Atrás quedan ya los tiempos del cowboy solitario.
 
El comportamiento desinteresado se incrementa especialmente cuando hay muchas probabilidades de que las personas que interactúan vuelvan a encontrarse, pero la creciente falta de compromiso tanto en el mundo laboral como en las relaciones personales dificulta eso. Quien ofrece pocas perspectivas de futuro a los demás (haciendo a sus empleados contratos basura, por ejemplo), que no se extrañe de las consecuencias, porque la falta de compromiso genera falta de lealtad. 
 
Las sociedades prósperas favorecen los intereses y los vínculos a largo plazo. Dan confianza a sus miembros y apuestan por una predisposición espontánea al trabajo en equipo. La presión y el control, pero ¡también la remuneración!, reducen dicha predisposición. Un efecto igualmente adverso producen las injusticias. Nada aniquila tan deprisa la colaboración entre individuos como la sensación de que se están aprovechando de uno; por el contrario, uno sólo renuncia a enormes ventajas personales si está convencido de que el otro juega limpio. Contra los oportunistas lo único que surte efecto es el castigo. Sin embargo, suele ser más eficaz elogiar directamente cualquier pequeña contribución al bienestar general que poner en la picota a los que cometen algún desmán.  
 
La publicidad hace que aumente la solidaridad y no sólo porque las personas que cooperan saquen luego partido del prestigio ganado, sino más bien porque el altruismo es contagioso. En definitiva, en su práctica totalidad los seres humanos pertenecen a la especie «Homo reciprocans»: dan lo que reciben. Aunque asistan incluso como meros espectadores a la intercesión de una persona en favor de otra, su altruismo se despierta. 
 
Por eso mismo la disponibilidad no es nunca infructuosa. Nuestras relaciones actúan como una caja de resonancia que amplifica todo lo que hacemos: la benevolencia produce nuevos actos de benevolencia y la confianza entre las personas se intensifica. 
 
 
 

El autor.
 
Stefan Klein es el autor científico d mayor éxito en lengua alemana. Estudió Física y Filosofía Analítica y ha realizado investigaciones en el ámbito de la biofísica teórica. De vocación divulgativa, su libro “La fórmula de la felicidad” se mantuvo durante un año en la lista de bestsellers alemanes. Sus libros han sido galardonados reiteradamente y han sido traducidos a 25 idiomas.

 
 
 


El libro.
 
La revolución generosa.
Editorial Urano.




 



 





















 
Marié Morales
@crecejoven

En estas páginas nos proponemos investigar las causas del envejecimiento, que es como decir de la vida y el crecimiento, y a partir de ahí, establecer unas pautas que nos permitan vivir una vida más larga, sana, y en definitiva, feliz.  más >>








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