Detoxifica tu vida, detoxifica tu mente.

Cómo evitar que el estrés envenene tu vida.

El estrés envenena nuestro cuerpo (radicales libres, enfermedades psicosomáticas) y nuestra mente (ansiedad, depresión...) Pero, ¿qué nos induce a ser presas del estrés aun cuando nuestra vida cotidiana actual no nos presenta situaciones reales de amenaza física?

En este artículo analizamos los orígenes del estrés y planteamos estrategias para detoxificar nuestra mente.

 "Si los objetivos principales del ser humano fueran mantenerse vivo, evitar el dolor innecesario y buscar la realización plena de sí mismo, sus valores, planteamientos, actitudes y respuestas serían básicamente positivas, dirigidas a la consecución de estos fines".   Albert Ellis.

La salud no es algo que dependa de la suerte, de nuestro ADN, ni mucho menos de nuestro médico de familia. La salud es en gran medida responsabilidad personal y responde a un proyecto de vida. Tiene una relación directa con nuestra forma de vida, conformada por una multitud de opciones que tomamos libremente cada día.
 

La salud es, en gran medida, responsabilidad personal. 

Montaigne (ese sabio filósofo que cuestionaba la incompetencia cultural e intelectual y afirmaba que ningún conocimiento tiene sentido si no sirve para vivir mejor y morir mejor) veía el cuerpo como una especie de lastre que arrastrar a lo largo de nuestra vida, interfiriendo continuamente en nuestro desarrollo intelectual y emocional. No es el único que piensa así. "Nuestro cuerpo huele, duele, se debilita, late, da punzadas y envejece... nuestro cuerpo tiene nuestra mente como un rehén al servicio de sus antojos y de sus ritmos", dice Alain de Botton.

Es una manera de verlo.

Por otra parte y sin menospreciar el punto de vista del filósofo francés del siglo XVI, hay quienes vemos el cuerpo, sin embargo, como un templo de sabiduría dotado de una inteligencia superior, capaz de regenerarse continuamente, frenar los ataques a los que, voluntaria o involuntariamente, le sometemos, prevenir y curarse.

Dicen que el ser humano es el único ser vivo capaz de pensar y tomar decisiones. ¿Y si realmente no fuera nuestra mente un "rehén" de nuestro cuerpo, sino todo lo contrario? Podría ser precisamente nuestra mente y nuestra voluntad las que hacen que atentemos continuamente contra nuestra propia naturaleza. Si bien lo arreglamos como podemos con investigaciones científicas que en muchos casos remedian un buen número de enfermedades que previamente hemos creado.

 

Es evidente que las investigaciones de las últimas décadas han sido decisivas en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, paliando e incluso prácticamente erradicando algunas de ellas, sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con las disfunciones psíquicas y del sistema inmunológico, tal como sostiene la doctora Catherine Kousmine, quien afirma que "en este fin de siglo han aparecido nuevas enfermedades ligadas a los virus y, junto a ellas, enfermedades denominadas de sistema: las enfermedades autoinmunes. Esta situación refleja un descenso general de la inmunidad de las razas civilizadas".

Las mismas investigaciones, y muchas otras, apuntan a una relación directa entre ambas disfunciones, psíquicas y del sistema inmunológico: a mayor desequilibrio mental y emocional, nuestro sistema de defensas se ve más debilitado.

 

 

El estrés nos empuja y nos desequilibra.

La mayor responsabilidad de este desequilibrio físico y psíquico ha venido a apuntar al estrés.

El estrés es ese mecanismo de defensa (lucha o huye) que nos salvaba la vida en esos tiempos históricos, o prehistóricos, en los que las amenazas físicas eran reales, pero que se vuelve contra nosotros cuando la descarga de adrenalina no sólo no cumple su función salvadora sino que menoscaba notablemente nuestro sistema inmunológico.

El estrés se ha definido como la respuesta del organismo (física, fisiológica, química y mental) a una situación de peligro, en la que intervienen situaciones emocionales como el miedo (a fracasar, a no llegar a tiempo, a perder...), la amenaza (del castigo, la opinión ajena, la pérdida de un trabajo, suspender...), la ansiedad (prima hermana del miedo), la sobreexcitación, la aceleración (física y mental), unidas a una serie de respuestas fisiológicas y químicas que afectan a nuestro equilibrio vital. A menudo, además, una situación de estrés se combate con nuevas situaciones de estrés que en muchas coasiones hacen que, por ejemplo, nuestra agenda se vea tremendamente apretada, produciéndonos un agotamiento demoledor y, por supuesto, nuevos motivos de estrés.

 

El estrés se ha convertido, pues, en uno de los principales enemigos de nuestra salud. Pero dado que la función del estrés en nuestra vida, como mecanismo de supervivencia, se ha visto notablemente reducida en nuestro estilo de vida actual, la pregunta que nos tocaría plantearnos es: ¿por qué el ser humano sigue siendo presa del estrés, quizás en mayor medida que nunca, milenios después de que su función fuera necesaria, y cuando ya apenas lo es?

 

Para algunos autores, la respuesta está más dentro del ámbito cultural que en nuestra propia naturaleza, con la inmersión en unas filosofías y unas formas de vida que no potencian tanto la armonía y la búsqueda de la felicidad como la acumulación de bienes materiales, la competitividad, la notoriedad personal y el egocentrismo.

 

Restablecer prioridades.

El ser humano es una criatura dependiente del entorno del que forma parte, y necesita de la nutrición y la respiración para la supervivencia, así como la relación con el medio, y en especial las relaciones sociales y la reproducción. Una vez aseguradas estas necesidades externas, el cuerpo cuenta con recursos de autosostenimiento, regeneración y curación, cuando las circunstancias hacen que se rompa su equilibrio natural. Si el origen y causa  de este desequilibrio son las decisiones cotidianas que dan forma a nuestro modo de vida, lo más inteligente sería revisarlas, cuestionarlas y establecer cambios donde lo consideremos oportuno.

 

Y sin embargo, siempre que lo hemos intentado, nos cuesta, y en muchos casos volvemos a una serie de hábitos (de comportamiento, mentales y emocionales) que sabemos a ciencia cierta que no nos benefician en absoluto, ¿Por qué ocurre esto?

Según Miguel Ruiz, filósofo de origen tolteca (México), la respuesta podría estar en la práctica y asimilación de una serie de valores (acuerdos sociales) que conforman nuestra realidad o "sueño del planeta". Una serie de acuerdos sociales que sería aconsejable revisar, cuestionar y, en su caso, sustituir por otros cuando no cumplen su función de hacernos seres felices, sanos y en armonía con nuestro entorno.

 

La domesticación y el sueño del planeta.

 ¿Son las cosas como las vemos, como las sentimos, o básicamente interpretamos lo que nos han enseñado a interpretar?

Para la milenaria cultura tolteca la "realidad" que asumimos socialmente no es más que un sueño colectivo, el sueño del planeta. Desde el momento mismo de nacer, interpretamos la realidad mediante acuerdos, y así, acordamos con el mundo adulto lo que es una mesa y lo que es un vestido, pero también lo que "está bien" y lo que "está mal", e incluso quiénes somos o cuál es nuestro lugar en el mundo (en la familia, en clase, en el trabajo). A este proceso el filósofo mexicano de origen tolteca Miguel Ruiz lo denomina domesticación.

"La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida ya no necesitamos que nadie nos domestique. No necesitamos que mamá o papá, la escuela o la iglesia nos domestiquen. Estamos tan bien entrenados que somos nuestro propio domador. Somos un animal autodomesticado".

 

El juez y la víctima.

En el transcurso de este aprendizaje incorporamos en nuestra propia personalidad al juez y a la víctima.

El juez representa esa tendencia en nuestra mente que nos recuerda continuamente el libro de la ley que gobierna nuestra vida -lo que está bien y lo que está mal-, nos premia y, más frecuentemente, nos castiga. La víctima es esa parte en cada persona que sufre las exigencias de su propio juez interior. Sufrimos, nos arrepentimos, nos culpabilizamos, nos castigamos por la misma causa una y otra vez, cada vez que el recuerdo nos pasa factura.

Y como consecuencia del propio sistema, el miedo se instaura en nuestra vida.

El miedo y las autoexigencias son los peores enemigos de nuestro pensamiento, y por ende, de nuestra vida. Durante el proceso de domesticación nos formamos una imagen mental de la perfección, lo cual no está mal como camino marcado a seguir. "El problema es que como no somos perfectos nos rechazamos a nosotros mismos. Y el grado de rechazo depende de lo efectivas que han sido las personas adultas para romper nuestra integridad", según M.R.

Si el libro de la ley que gobierna nuestra vida (nuestra moral, nuestra lógica, nuestro "sentido común") no cumple sus objetivos, que en su base fundamental consistiría en hacernos seres humanos felices y en armonía, es porque evidentemente éste no funciona. Y como no funciona hay que cambiarlo. Y ello lo hacemos revisando nuestros acuerdos (nuestra interpretación incuestionable, nuestro sistema de valores), desenmascarando los que no valen y sustituyéndolos por otros.

Con la práctica será cada vez más fácil hasta que, sorpresa, la identificación es prácticamente completa y los nuevos acuerdos forman parte de nuestra manera de ser. Simplemente somos así.

Sin duda nuestra vida será más sencilla y satisfactoria, para nosotras mismas y para las demás personas que nos rodean.

 

Los cuatro acuerdos de Miguel Ruiz.

La filosofía tolteca nos propone cuatro acuerdos básicos: 

1. Sé impecable con la palabra.

Las palabras poseen una gran fuerza creadora, crean mundos, realidades y, sobre todo, emociones. Las palabras son mágicas: de la nada y sin materia alguna se puede transformar lo que sea. El que la utilicemos como magia blanca o como magia negra depende de cada cual.

Con las palabras podemos salvar a alguien, hacerle sentirse bien, transmitirle nuestro apoyo, nuestro amor, nuestra admiración, nuestra aceptación, pero también podemos matar su autoestima, sus esperanzas, condenarle al fracaso, aniquilarle. Incluso con nuestra propia persona: las palabras que verbalizamos o las que pensamos nos están creando cada día. Las expresiones de queja nos convierten en víctimas; las crítica, en jueces prepotentes; un lenguaje machista nos mantienen en un mundo androcéntrico, donde el hombre es la medida y el centro de todas las cosas, y las descalificaciones autovictimistas (pobre de mí, todo lo hago mal, qué mala suerte tengo) nos derrotan de antemano.

Si somos conscientes del poder de nuestras palabras, de su enorme valor, las utilizaremos con cuidado, sabiendo que cada una de ellas está creando algo. La propuesta de Miguel Ruiz es, por tanto:

"Utiliza las palabras apropiadamente. Empléalas para compartir el amor. Usa la magia blanca empezando por ti. SÉ IMPECABLE CON LA PALABRA".

 

2. No te tomes nada personalmente.

Cada cual vive su propia película en la cual es protagonista. Cada cual afronta su propia odisea viviendo su vida y resolviendo sus conflictos y sus miserias personales. Cada cual quiere sobrevivir el sueño colectivo y ser feliz. Y cada cual lo hace lo mejor que puede dentro de sus circunstancias y sus limitaciones.

Las demás personas sólo somos figurantes en esa película que cada cual hace de su vida, o a lo sumo personajes secundarios. Si alguien me insulta por la calle (o yo lo percibo así) con casi toda seguridad no tiene nada o muy poco que ver conmigo; es simplemente su reacción a algo que está pasando fuera (un mal día con su pareja o en el trabajo, una discusión con su hija), o más probablemente dentro (preocupaciones, ansiedad, frustración, impaciencia, una gastritis o un dolor de cabeza).

La impaciencia o las exigencias de tu pareja, de la vecina del rellano o de la cajera del supermercado, las críticas de tu hijo o en el trabajo, nada de eso es personal. Cada cual está reaccionando a su propia película.

Hay mucha magia negra fuera, lo mismo que la hay dentro de ti misma, o de mí. En cualquiera, en algún momento de su vida, en algún momento del día. Todo el mundo somos "depredadores emocionales" alguna que otra vez.

"Tomarse las cosas personalmente te convierte en una presa fácil para esos depredadores, los magos negros... Te comes toda su basura emocional y la conviertes en tu propia basura. Pero si no te tomas las cosas personalmente serás inmune a todo veneno aunque te encuentres en medio del infierno", asegura Miguel Ruiz.

Comprender y asumir este acuerdo nos aporta una enorme libertad. "Cuando te acostumbres a no tomarte nada personalmente, no necesitarás depositar tu confianza en lo que hagan o digan sobre ti las demás personas. Nunca eres responsable de los actos o palabras de las demás personas, sólo de las tuyas propias. Dirás "te amo" sin miedo a que te rechacen o te ridiculicen". Siempre puedes seguir a tu corazón.

Respecto a la opinión ajena, para bien o para mal, mejor no depender de ella. Ésa es otra película. NO TE TOMES LAS COSAS PERSONALMENTE.

 

3. No hagas suposiciones.

Tendemos a hacer suposiciones y a sacar conclusiones sobre todo. El problema es que al hacerlo creemos que lo que suponemos es cierto y montamos una realidad sobre ello. Y no siempre es positiva o está guiada por la confianza o el amor, sino más frecuentemente por el miedo y nuestra propia inseguridad.

Deduzco que alguien se ha enfadado conmigo porque no respondió a mi saludo al cruzarnos y mi mente organiza toda una realidad sobre eso. Y se rompen puentes entre la otra persona y yo, difíciles de salvar. Lo mismo con nuestra pareja, con la vecina, con la escuela. Creamos realidades en base a comentarios o elementos sueltos (cuando no en base a chismes malintencionados).

"La manera de evitar las suposiciones es preguntar. Asegúrate de que las cosas te queden claras... e incluso entonces, no supongas que lo sabes todo sobre esa situación en particular", insiste Miguel Ruiz. En última instancia y si te dejas guiar por la buena voluntad, siempre te queda la confianza... y la aceptación.

Nunca nada que pasa fuera es personal. Pero en cualquier caso, NO SAQUES CONCLUSIONES PRECIPITADAMENTE.

 

3. Haz siempre lo mejor que puedas.

El cuarto y último acuerdo permite que los otros tres se conviertan en hábitos profundamente arraigados: haz siempre lo máximo y lo mejor que puedas. Siendo así, pase lo que pase aceptaremos las consecuencias de buen grado. Hacerlo lo mejor posible no significa que tú y yo tengamos que hacerlo de la misma manera, ni siquiera que mi respuesta en estos momentos sea la misma que en otro que me siento cansada, o no he dormido bien, o me siento llena de amor y confianza y tremendamente generosa. Se podría decir que en cada momento de nuestra vida somos diferentes, en unas circunstancias y con unas limitaciones concretas. A veces podemos responder a lo que interpretamos como una "provocación" con una sonrisa irónica o divertida, con sentido del humor, o con una carcajada retadora, o incluso a gritos. Pero siempre podemos intentar ser impecables con la palabra, no tomárnoslo personalmente y no sacar conclusiones precipitadas... dentro de nuestras limitaciones físicas, anímicas y en general, de cada momento. Si lo intentamos, de la mejor manera que podemos, ya es suficiente.

"Verdaderamente, para triunfar en el cumplimiento de estos acuerdos necesitamos utilizar todo el poder que tenemos. De modo que, si te caes, no te juzgues. No le des a tu juez interior la satisfacción de convertirte en una víctima. Simplemente, empieza otra vez desde el principio."

 

Los obstáculos como oportunidades de crecimiento.

Los obstáculos o dificultades que encontramos en el camino son casi siempre motivos de estrés, ya sea con connotaciones de autocompasión (pobre de mí, todo me sale mal, todo me cuesta el doble que a las demás personas) o de rabia (todo el mundo va a la suya, no te puedes fiar de nadie, me las va a pagar...). Y sin embargo, las dificultades con que nos topamos son muchas veces una oportunidad para recuestionarnos las cosas y mejorar.

Perder un trabajo que nos traía de cabeza o nos aburría últimamente nos puede dejar la autoestima por los suelos y deprimirnos ante la inseguridad del futuro, pero también puede hacernos más fuertes al constatar una vez más la provisionalidad de las cosas. El desapego nos hace más fuertes y más libres, y el miedo pierde poder. Y desde esta posición es más que probable que encontremos un trabajo más interesante y apropiado para este momento de nuestra vida. Es un ejemplo. La vida está llena de ellos.

El estrés o la frustración natural en los momentos de pérdida o decepción, no tendrá ese poder destructivo si consideramos las dificultades como retos y oportunidades de crecimiento en esa aventura personal que es la vida.

Schopenhauer estaba convencido de que, con ayuda del arte y la filosofía, podríamos aprender a "convertir el dolor en conocimiento" y su discípulo Nietzsche, tras intentar huir del dolor y las dificultades durante la mayor parte de su vida, dio el gran salto al descubrir que la plenitud no se alcanza evitando el dolor, sino "reconociendo su papel como un paso natural e inevitable en la senda que hay que recorrer para alcanzar cualquier cosa buena", en palabras de su colega contemporáneo, Alain de Botton.

Según Nietzsche, la mayor parte de nuestro sufrimiento viene dado porque no somos capaces de controlar de modo espontáneo los ingredientes para nuestra realización, que surgen precisamente de las situaciones de "dificultad". Si viviéramos estas situaciones como circunstancias "favorecedoras" para nuestro crecimiento, éstas se verían despojadas de los ingredientes de miedo, amenaza, ansiedad o autocompasión que caracterizan al estrés que nos destruye cada día.

 

Lo que sentimos depende de lo que pensamos.

Dicen que el ser humano es el único ser vivo capaz de pensar y tomar decisiones. ¿Y si realmente no fuera nuestra mente un "rehén" de nuestro cuerpo, sino todo lo contrario? O incluso, ¿y si la dependencia fuera mutua, y si el cuerpo y la mente no fueran sino una misma cosa?

Nuestra salud física y emocional se ve afectada por lo que decidimos comer, respirar, beber, pensar, incluso sentir. Nuestras emociones dependen en gran medida de nuestras premisas intelectuales, lo que decidimos creer o no creer, los pensamientos que nos permitimos pensar, las palabras que nos permitimos decir, las acciones (destructivas o creativas) que nos permitimos realizar.

 

La salud es un proyecto de vida. 

O bien decidimos querernos y cuidarnos, como seres vulnerables que un día u otro no formarán parte de este planeta, y establecemos prioridades que respondan al objetivo de vivir bien, y morir bien (como decía Montaigne) o nos dejamos arrastrar por la inercia de acumular objetos que no nos aportan tranquilidad, horas de un trabajo que no nos gusta, malos rollos en nuestras relaciones, dolores psicosomáticos y enfermedades que nos dejan sin energía para vivir la vida que vamos acortando paulatinamente, con la acumulación de aburrimiento, tristeza, frustración y malos tratos personales.

 

La opción es nuestra.

No podemos permitirnos el lujo de "no tener tiempo"

Dejemos de traicionarnos, una y otra vez, con el recurrido "no tengo tiempo". Para hacer ejercicio físico, para comer mejor, para pensar. Para recuestionarnos las premisas que no funcionan y nos hacen más infelices. Para pedir ayuda cuando la necesitemos.

No tenemos nada que perder y, por el contrario, una vida (la nuestra, la que elijamos) por ganar.  Una vida más larga, sana y feliz.

 

 

Citas:

- "El privilegio de la razón nos ha sido concedido para tormento nuestro. 
Tenemos por nuestra parte la inconstancia, la indecisión, la incertidumbre, el dolor, la superstición, la inquietud del porvenir, incluso después de la vida, la ambición, la avaricia, la envidia, los celos, los apetitos desenfrenados, locos e indomables, la guerra, la mentira, la deslealtad, el desprecio y la curiosidad. 
Ciertamente, hemos pagado incomprensiblemente caro ese hermoso raciocinio del que nos jactamos y esa capacidad de juzgar y de conocer, si los hemos comprado al precio de ese infinito número de pasiones de las que sin cesar somos presa". Montaigne.
- "El arte de vivir radica en sacar provecho de nuestras adversidades". Montaigne.
- "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo". Albert Einstein.
- "Sólo hay dos maneras de vivir la vida: una es como si nada fuera un milagro, la otra es como si todo fuera un milagro". Albert Einstein.
- "Sólo aspiro a encontrar mi paraíso en la tierra. Y soy digno de compasión porque es posible que lo haya conocido en varias ocasiones y no me haya dado cuenta". Terenci Moix.
- "Si fuésemos como un buen campo de labor no dejaríamos perecer nada sin utilizarlo y veríamos en todo, en los acontecimientos y en las personas, estiércol útil, lluvia y sol". Nietzsche.
- "No deberían turbarnos nuestras dificultades sino tan sólo nuestra incapacidad de hacer que crezca de ellas algo hermoso".  Alain de Botton.

 


Texto: Marié Morales.

 

 


















 
Marié Morales
@crecejoven

En estas páginas nos proponemos investigar las causas del envejecimiento, que es como decir de la vida y el crecimiento, y a partir de ahí, establecer unas pautas que nos permitan vivir una vida más larga, sana, y en definitiva, feliz.  más >>








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