David Barba:

La manera de desear menos es amar más.



Claudio Naranjo ha unido el símbolo, la teoría y el trabajo del eneagrama para conseguir sanar y liberar al niño interior que olvidó amar.


Nos pasamos la vida buscando amor, “chupando más y más de la teta del mundo”, como si la acumulación de riquezas materiales, éxitos, admiración, fama, etc, pudiera acabar algún día con la insatisfacción que nos destruye.

Según David Barba (autor de “El Eneagrama del mulá Nasrudin. Aceptar el ego para transformar la conciencia”. Plataforma Editorial), al hallarnos siempre en tal grado de expectativa de amor, nos distraemos de vivir la vida como realmente viene. Pero estar siempre centrados en la búsqueda, en consumir y pedir, es como buscar la llave perdida donde nos resulta más cómodo, aunque sepamos que no fue allí donde se perdió. Una pérdida de tiempo que sólo conseguirá acumular más frustraciones.

Por ello, se hace necesario recontextualizar nuestra sed de amor, y esto nos exige un esfuerzo de conciencia para empezar a vivir en el dar, en vez de seguir en la frustrante sed del esperar a recibir.

El Eneagrama nos ayuda a autorregularnos. Estar autorregulados equivale a estar mentalmente sanos. Y estar mentalmente sanos equivale a ser felices.

 

Qué es el Eneagrama?

A menudo el Eneagrama ha sido descrito como una tipología de la personalidad, o un mapa del carácter, pero es mucho más que eso. El eneagrama es una puerta hacia la conciencia profunda, una guía hacia la fuente interior en la que colmar nuestra herida fundamental: la sed de ser, que se manifiesta como una sensación de vivir a medias o de estar incompletos. Dicha sensación es el origen de muchos de nuestros problemas, puesto que al vivir a medias nos perdemos en automatismos y en sucedáneos con los que tratamos de llenar nuestro vacío. Así es como se desarrolla un ego que nos encarcela.

El conocimiento del eneagrama es una manera efectiva de desmontar la cárcel del ego y comprender que sus barrotes no son más que una ficción de la mente.

 

Símbolo, mapa y experiencia.

 

El eneagrama es al menos tres cosas:

  1. Un símbolo o diagrama regido por leyes relacionadas con la llamada “geometría sagrada”, que el místico Georges Gurdjieff dio a conocer en los años 20 del siglo pasado, pero del cual nunca explicó una función concreta, sino que dijo que “servía para todo” y que representaba cualquier proceso de flujo.
     

  2. Un mapa de la conciencia, y eso incluye lo que hoy se conoce como “el eneagrama de la personalidad”, que describe el ego, los automatismos de los que somos víctimas; pero que también se complementa con un “eneagrama de las virtudes”, entre otros varios mapas, que abarcan todos los fenómenos del proceso psicoespiritual de transformación humana, en una teoría muy completa sobre lo que somos, cómo somos, qué no somos, y cómo transformarnos para descubrir y llegar a ser lo que realmente somos.
     

  3. Un trabajo experiencial, fenomenológico (Gudjieff lo llamaba “El Trabajo”), sobre la conciencia, sin el cual el eneagrama no es más que una teoría resultona, pero hueca.

    En Claudio Naranjo convergen por primera vez esas tres cosas: el símbolo, la teoría y el trabajo, convirtiéndose así en la única persona que ha conseguido comprender, integrar y transmitir esta extraña y magnífica herramienta de conciencia.
     

 

Cómo nos ayuda a conocernos mejor?

La Terapia Gestalt sostiene, mediante el concepto de la autorregulación organísmica, que el cuerpo sabe exactamente qué necesita para estar bien y autorregulado, siempre y cuando aprendamos a no interferirlo con nuestras ideas sobre cómo deberían ser las cosas. Del mismo modo, la conciencia, la espiritualidad, no se alcanza añadiendo apéndices a lo que somos, sino desnudando la esencia del ser de sus múltiples disfraces. La espiritualidad no necesita de adornos.

En el estudio y la experiencia del eneagrama, si se transmite con honestidad, sin palabras bonitas, sin edulcorantes ni fórmulas mágicas para hacerte creer que controlarás tu destino, llegará a ocurrir que te sentirás fuertemente interpelado, tal vez incluso te sentirás desnudo, como le sucedió al famoso emperador del cuento de Andersen, que creía que vestía un maravilloso ropaje hasta que un niño —metáfora de la conciencia— le reveló la verdad: Para el viaje al ser no sirven las plumas.

Como el mulá Nasrudín nos enseña, es con sencillez como se llega a Dios, es decir, al pozo oscuro de la conciencia, al fondo del ser.

El eneagrama es un espejo donde reconocer la propia deformidad y el propio vacío. Si uno se mira con honestidad, comprenderá que una parte de sí mismo se ha robotizado, que ha perdido su espontaneidad, que ha dormido a su niño interior… En ese proceso ayuda la autocrítica, las críticas que nos hacen los demás, el identificar aquellas cosas que nos avergüenzan de nosotros mismos, que nos parecen “pecados” inconfesables… Ayuda recabar cada vez más información sobre nuestros automatismos. Con el eneagrama es fácil profundizar en una búsqueda más sincera de todo lo que esconde la coraza del ego. Así dará comienzo nuestro proceso de autorregulación, que equivale a recuperar nuestra capacidad para amar genuinamente.

 

Cuáles son los fundamentos del eneagrama? En qué se basa?

Es difícil responder esta pregunta de manera completa: el sistema se compone de múltiples elementos y niveles, como un mandala que tuviera, además, diferentes estratos, algunos tan profundos que apenas han sido estudiados. Pero destacaremos uno o dos aspectos importantes del sistema.
Dicen los budistas que los Tres Venenos del alma son el apego, la aversión y la ignorancia. Esta última es, tanto para los budistas como para los cristianos primitivos, la raíz última del sufrimiento, del Mal. Es la ignorancia la que nos lleva a apegarnos a lo agradable, al éxito, al placer, a la comodidad, y a rechazar lo desagradable, como la crítica, el fracaso o el dolor. En la vida cotidiana, la gente experimenta la ignorancia como una compulsión a la acción, en una especie de llenar el vacío ontológico moviéndose de un lado para otro. Se trata de personas viscerales, poco dadas a pararse a reflexionar sobre sus actos, tendentes a explotar, a pensar con las tripas y no con el cerebro, y suelen no tomarse la molestia en diferenciar lo que tienen para ofrecer de lo que no tienen para ofrecer. Debemos entender que tal ignorancia no es la falta de conocimientos intelectuales, sino que se trata de una ignorancia espiritual, sutil, un no reconocer las cosas como realmente son, un mirar hacia otro lado sin enfrentar lo que sucede, en lugar de aceptar lo que es y vivir fluyendo con lo que ocurre.

El punto 9 del eneagrama describe la pasión de la pereza, que no hay que entender literalmente, sino que se trata más bien de la ceguera existencial a la que me refería: un olvido de uno mismo que acaba repercutiendo en un olvido de Dios, es decir, de la sacralidad del mundo. Así, la pereza del eneatipo 9 equivale a la ignorancia.

El punto 6, el miedo o la duda, equivale a la aversión: rechazar y alejarse de lo que da miedo.

El punto 3, la vanidad, es más difícil de explicar: tal vanidad se refiere a un autoengaño fundamental, el de la persona que trata de convertirse en lo que cree que los demás quieren que sea, con el objetivo de gustar, de ser aceptada. Esto en sí mismo es una forma de apego, y remite a la adulteración que la persona hace de sí misma, sacrificándose en pro de una insana confluencia.

Cada uno de estos tres puntos equivale a uno de los centros del ser humano. El centro mental, siempre dispuesto a discriminar, tiene una clara relación con el rechazo y la aversión; el centro emocional, siempre anhelante de afecto, está en relación con el apego y la vanidad o autoengaño; el centro motor o visceral (a veces mal llamado «instintivo») guarda relación con la acción no consciente, con el olvido de sí, con la pereza de ponerse a pensar en las consecuencias de los propios actos.

Siguiendo este pensamiento triádico, añadiremos que la personalidad intelectual (eneatipo 6) está especialmente determinada por un fondo básico de miedo ante la vida (ante el fantasma de ser agredidos por aquello que se rechaza), mientras que la personalidad emocional (eneatipo 3) está determinada por una sensación de tristeza (causada por la pérdida de los objetos o sujetos a los que nos apegamos) y la personalidad visceral (eneatipo 9) se encuentra determinada por una gran rabia de fondo, cuyo origen podemos buscarlo en la frustración que produce la inseguridad de la vida.

El resto de caracteres descritos por el eneagrama de la personalidad aparecen como variantes de los tres caracteres básicos (eneatipo 3, eneatipo 6 y E9), formando tres tríadas que agrupan a tres caracteres mentales y aversivos (E5, E6, E7), tres caracteres emocionales y apegados (E2, E3, E4) y tres caracteres viscerales y espiritualmente perezosos (E8, E9, E1). De modo que una primera manera de identificarse en un eneatipo consiste en discriminar cuál es tu tríada, en función de si tu cojera existencial tiene que ver más bien con un exceso de acción, con un exceso de cabeza o con una excesiva emocionalidad.

 

Este autoconocimiento implica “aceptar el ego”. Qué hay que aceptar y para qué?

Josep Campbell describió el Viaje del Héroe como el gran mito que explica el sentido de la vida: uno viene al mundo, comienza a sentir el dolor del desamor, se neurotiza… y llega un momento en que deja atrás su casa, su tierra, su país… y se va en busca de algo que no sabe lo que es, pero que sospecha le servirá para llenar su agujero existencial, ese vacío ontológico que todos sentimos en el centro de nuestro ser, quizás a la altura del plexo solar, o debajo del ombligo… Así que el pequeño héroe se pone en camino, atraviesa pruebas, fracasa una y otra vez, va acumulando derrotas… y al final se encuentra con el dragón, el inmenso dragón que representa a su ego. Y lo mata. Y así libera a la princesa, metáfora de la propia alma. Después, cuando ya se siente victorioso, se da cuenta de que aún le queda el viaje de regreso, que el camino hacia esa victoria ha sido bastante estúpido, lleno de arrogancia, pretenciosidad… A Ulises le ocurre esto al final de la Ilíada, cuando se vuelve victorioso a Ítaca: el pobre diablo, lleno de orgullo, ignora que aún le esperan diez años de desdichas, y que luego tendrá que llegar a su palacio y aún deberá matar a los pretendientes de Penélope… En fin, que el pequeño héroe descubre que la princesa no era lo que pensaba que era, sino una caprichosa, inconsistente y puñetera saca de neurosis a la que hay que estructurar, conducir, educar, sanar. Y el dragón… resulta que no era tan monstruoso, tan amenazante, y resulta que ni siquiera murió, sino que ahora, en el viaje de vuelta, uno lo ve como un pobre bicho jadeante, y se hace amigo de él. Es lo que le ocurre a Frodo cuando se alía con Gollum en El señor de los anillos. Y, así, el héroe, la princesa y el dragón vuelven juntos a casa, y al llegar descubren que el tesoro que buscaban, por el que tanto penaron, estaba enterrado justo bajo la alfombra del salón.

 

Cómo nos ayuda el eneagrama a “transformar la conciencia”?

Te cuento una conocida historia de Nasrudín, el sabio loco del Islam:
 

Una noche, el mulá busca y busca a la luz de un farol. Sus amigos se acercan y le preguntan:
—Mulá, ¿qué estás buscando?
—La llave de mi casa.
Después de horas de infructuosa búsqueda, uno de ellos le dice:
—¿Pero seguro que la has perdido aquí?
A lo que Nasrudín responde:
—No, la he perdido dentro de mi casa, ¡pero es que aquí hay más luz!

A partir de esta historia, Claudio Naranjo habla de una “teoría Nasrudín de la neurosis”. Según su explicación, no estamos buscando la llave del ser donde la perdimos sino donde hay más luz, lo que equivale a decir que no buscamos el ser donde lo perdimos sino donde suponemos ciegamente que se encuentra, o donde nos movemos con mayor comodidad. Nasrudín nos enseña la clave de ese meollo: que buscamos la llave en el lugar equivocado porque, en realidad, está en la casa, es decir, en el fondo oscuro de la conciencia. Si nos atrevemos a buscar ahí, a evitar los espejismos destellantes, y logramos permanecer allí donde sufrimos la ausencia del ser, finalmente, llegaremos a ser más lo que realmente somos, dejando atrás cualquier simulacro o sucedáneo.

Hay que tener en cuenta también que en todo proceso de búsqueda, a menudo las cosas empeoran antes de mejorar. Esto también implica aceptar que en la búsqueda de nuestro ser nos hemos perdido por el camino, que no habitamos en nosotros mismos, que no vivimos una vida plena y que esto es un mal común a toda la humanidad, hasta el punto de que, como veremos, incluso los problemas mundiales que nos están llevando al borde de la autodestrucción tienen una raíz común en este oscurecimiento existencial que padece cada individuo.

Ante tales hechos, no es raro que los seres humanos nos sintamos a menudo extranjeros de nosotros mismos, tal como sugieren los existencialistas. Si uno tiene la suficiente madurez como para abrir los ojos a su sufrimiento existencial, descubrirá que la neurosis nos hace vivir en un estado de enajenación personal y social en el que no somos demasiado conscientes de nuestros estados internos —tal como le ocurre a Nasrudín en el cuento anterior— ni estamos demasiado despiertos ante los modos en que interactuamos con las personas que tenemos cerca. La realidad es que nos desconocemos casi por completo a nosotros mismos. Y tomar conciencia de ello, duele.

 

Cuál es el objetivo de esta investigación?

Creo que, básicamente, sanar aquello que realmente está más en crisis en el mundo: el amor. Muchos seres humanos tenemos nuestro animal interior (o nuestro niño interior) completamente pisoteado, enjaulado. Pero es que, además, somos emocionalmente muy idiotas. Y nuestras peores frustraciones son las amorosas. Si uno ahonda en sus heridas de la infancia, se dará cuenta de que no tuvo el amor que necesitaba para desarrollar su amor propio, su conciencia de Ser. Sin embargo, hoy no es el recuerdo de ese dolor el que nos hace sufrir, sino la sed de amor con que hemos reaccionado a esa falta.

Los seres humanos somos muy orales: tenemos mucha hambre de amor, y generalmente nos dejamos llevar por la idea de que deseando, chupando más de la teta del mundo, obteniendo más beneficios, más admiración, más éxito, seremos más felices. Es una idea loca, pero contribuye a explicar con bastante claridad por qué estamos acabando con el planeta: podríamos equipararnos a una gigantesca plaga de orugas que, en vez de entregarse a la labor de envolverse en su capullo para morir al ego y transformarse en seres más evolucionados, no hace más que comer y comer, devorándolo todo.

Así, sufrimos porque somos prisioneros de la fantasía de que, como adultos, en algún momento vamos a recuperar el amor que nos faltó cuando éramos niños. Al hallarnos siempre en tal grado de expectativa de amor, nos distraemos de vivir la vida como realmente viene. La función máxima de la vida consiste en expresar el amor que tenemos para ofrecer, ya sea en el plano devocional, el intelectual o artístico, el servicio al prójimo o la pareja o los hijos. Pero estar constantemente centrados en la búsqueda del amor, en pedir, nos distrae de lo que realmente venimos a hacer al mundo: dar.

Estar autorregulados equivale a estar mentalmente sanos. Estar mentalmente sanos equivale a ser felices. Pero nuestro raquitismo amoroso mina todo el proceso. Y es muy difícil, casi imposible, engordar a un adulto raquítico. Por ello, se hace necesario recontextualizar nuestra sed de amor, y esto nos exige un esfuerzo de conciencia para empezar a vivir en el dar en vez de seguir en la frustrante sed del esperar a recibir. Y la manera de desear menos es amar más.

Si en vez de creer que la sed de amor nos va a llevar al paraíso, dejamos que nos tome cierto grado de desilusión ante nuestras expectativas amorosas, quizás podamos dar el siguiente paso: empezar a dar. Pero, para la mayoría, como en este chiste contado por Idries Shah, las expectativas son demasiado grandes.
 

Érase un hombre que contrató un curso de musculación por correspondencia. Cuando hubo terminado, escribió a la empresa que se lo suministró, diciendo: «Señores, ya he terminado las lecciones. Por favor, envíenme los músculos».

El Eneagrama es un mapa para encontrar el camino de vuelta de toda esta locura existencial de desamor: un mapa del tesoro. En este caso, el tesoro no está hecho de monedas de oro, sino de alquimia interior para la transformación psicoespiritual, que es exactamente lo que necesitamos para experimentar un sentido existencial de la vida: lo que en muchas tradiciones espirituales se ha llamado, simplemente, Ser.

 


Los 9 tipos de personalidad.

 

Poco a poco, en cada uno de nosotros se va instalando, a medida que crece, un tipo de carácter, como una forma de buscar el ser que hemos perdido en un lugar equivocado, como se describe en el cuento de Nasrudín de la llave. Así, se desarrolla una determinada personalidad de entre los nueve tipos básicos posibles que describe el Eneagrama.

Cada una de estas nueve personalidades se aferra a una trampa cognitivo-emocional característica, por la que resulta relativamente fácil, para alguien entrenado en este sistema, reconocer el tipo humano de sí mismo y de los demás.

 

Muy resumidamente:

El eneatipo 1 (E1) se aferra al perfeccionismo e intenta lograr el apoyo de los demás mejorándose a sí mismo.

El E2 niega su necesidad de apoyo, va de sobrado, aunque al mismo tiempo manipula y seduce al entorno para procurárselo.

El E3 glorifica la eficacia, el prestigio y el éxito, e intenta demostrarse a sí mismo que puede solo.

El E4 evita frustrarse optando permanentemente por vivir en la frustración, al tiempo que, sintiéndose especial por estar en contacto con su «dolor», niega que esté desconectado del ser (lo cual es una trampa más).

El E5 se aferra al conocimiento como un sucedáneo de la vida, en su posición de observador que no quiere contaminarse de la mundanidad, aislándose para evitar la sensación de pérdida del ser.

El E6 busca la seguridad en la autoridad, la jerarquía, la sumisión o la devoción obsesiva, al tiempo que vive a la defensiva y mostrándose paranoico con su entorno.

El E7 idealiza y busca el placer como una forma de escapar de la frustración de la realidad, tratando de burlar inútilmente al dolor.

El E8 reacciona enfadándose ante la pérdida de apoyo y lucha con el entorno para recuperarlo, convirtiéndose en un perpetrador.

El E9 evita cuidadosamente su propia interioridad, se sobreadapta a la situación actuando como si todo fuera bien, lo que le condena a existir de un modo mecánico y carente de vida.

Cada uno de los caracteres se aferra, de este modo, a un sustituto del ser.




Qué hacer una vez que conocemos nuestro eneatipo o tendencia de la personalidad?

Mi recomendación es cursar el Programa SAT de Claudio Naranjo. No sólo es la escuela madre, la fuente original de este saber, sino que además es la única formación experiencial sobre eneagrama; el resto, salvo honrosas excepciones, son sólo transmisiones más o menos adulteradas de teorías y más teorías, algunas de ellas bastante absurdas o decididamente cibernéticas, pensadas para épater le bourgeois.


Tomamos nota. Mientras tanto, una vez que hemos explorado el símbolo y el mapa (la teoría), vayamos a la práctica.
La personalidad o tendencia fanática/perfeccionista (E.1) Cómo manejarla para una vida más en armonía?

Cierto día, el mulá Nasrudín conversaba con un amigo.
Entonces, ¿nunca pensaste en casarte?
Sí lo pensé —respondió Nasrudín—. En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo. Continué viajando, y fui a Isfahán; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita. Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.
¿Y por qué no te casaste con ella?
¡Ah, compañero mío! Lamentablemente, ella también quería un hombre perfecto.

Así somos los seres humanos. Buscamos de lo bueno lo mejor, y a menudo acabamos siendo infelices porque somos incapaces de aceptar las cosas como son, y lo más importante: de aceptarnos a nosotros mismos con nuestros defectos. La clave del carácter perfeccionista o iracundo es la dificultad para asentir a la vida tal como es. El iracundo o perfeccionista es aquel que quiere empujar el río, mejorar las cosas que ya son buenas y que, muy en el fondo, está «enfadado con Dios» por haber hecho el mundo como es.

El E1 es esa clase de persona que cree que tiene la razón, que todo lo hace bien, y que no puede dejar de organizar la vida de los otros porque, evidentemente, los demás lo hacen todo mal («Lo más jodido de trabajar en equipo es convencer al resto de que no tienen ni puta idea», se puede leer en un comentario de Twitter). Pero su ceguera ante el mundo va más allá: no acepta la realidad y la quiere cambiar. Y aún más que eso: en su egocentrismo, cree que puede cambiarla. Al no conseguirlo se frustra e irrita con facilidad, haciéndoselo pagar a los que tiene cerca mediante la reprobación, la censura y la bronca.

 

Qué hacer? Cómo soltar exigencias y aceptar, en especial los propios errores?

Para sanar, cualquier persona que se sienta identificada con estas tendencias debe saber que mejorará y hará mejores las vidas de quienes lo sufren si se dedica más al juego, a divertirse, a desenfadarse, a cultivar lo dionisiaco, el placer, el dejar de pretender ser en todo momento la autoridad, el olvidarse de las expresiones latinas en los discursos y otras pedanterías, trabajar menos, ser más bruto y menos finolis, no empujar el río de la vida y, sobre todo, aceptar las cosas tal y como son, entendiendo que la vida es perfecta como es y que no hay que hacer nada para mejorarla. El E1 cree que no merece el amor a menos que sea perfecto: qué trágico error de perspectiva. ¿No es cierto que quienes nos aman lo hacen, más que por nuestras virtudes, a pesar (y a través) de nuestros defectos?

 

La personalidad empalagosa/entregada/servil (E.2). Cómo desenmascararla, identificarla y actuar, para que no nos controle y controle a l@s demás?

Ante todo, hay que aclarar que el E2 no es «el ayudador» que los eneagramistas azucarados pretenden, sino alguien que trata de sacar partido seduciendo. En los primeros talleres del Programa SAT que Claudio Naranjo impartió en Berkeley a principios de los años setenta, se refería irónicamente a los E2 como «ayudadores». Por desgracia, unos pocos alumnos no lo entendieron en clave de humor y así es como Helen Palmer y otros famosos eneagramistas comenzaron a divulgar la actual visión obtusa y confusa de este eneatipo, convirtiendo a todo E2 en un remedo de la Madre Teresa de Calcuta.

El E2 es alguien que pretende enamorar a todo el mundo (y normalmente lo consigue), que se muestra generoso, adulador, lleno de amor... y se apunta mentalmente los favores que le deben. Así que no es ningún dador altruista, sino un especialista en manipulación y seducción de los demás a través de una generosidad emocional estratégica. Además, es alguien que se niega a sí mismo su verdadera naturaleza: da para recibir. Es alguien tremendamente emocional, rozando el histrionismo, y maneja estupendamente la teatralidad. Tiene chispa, atrapa, convence sin esforzarse, y suele pensar que el amor lo puede todo cuando, en realidad, no se ama más que a sí mismo (aunque esa es una realidad difícil de reconocer). Para colmo, se dice que el E2 es un orgulloso, más o menos como Nasrudín en esta historia:
 

Nasrudín cantaba en la bañera. La acústica del cuarto de baño era inusualmente halagadora. Un día, cautivado por la belleza de su voz, pensó:
¿Por qué no habría de poder compartir este deleite con otros verdaderos creyentes?
Subió a toda prisa a la cima del minarete más próximo y se puso a llamar a la oración de la mañana.
Alguien le gritó desde abajo:
¡Idiota! ¡No sólo no es la hora del rezo, sino que además tienes una voz horrorosa!
Sí —dijo Nasrudín con tristeza—, tendremos que esperar a que alguien construya un baño aquí arriba para que se me aprecie.


Qué hacer? Cómo reconocer las propias limitaciones, y necesidades, y hacer un espacio para ellas?

Para volverse un poco más humana, una persona que se reconozca en este carácter puede empezar por reconocer su sed de atención y distinción y entrenarse en adoptar actitudes humildes. Al fin y al cabo, el E2 actúa muy bien, y actuar es una buena terapia. Alejandro Jodorowsky siempre cuenta que cuando sus hijos nacieron no los quería y que empleó el teatro para fingir que los amaba hasta que la farsa dio resultado y se descubrió amándolos realmente. Es lo que se conoce como «teatro sagrado».

Es fundamental que un E2 aprenda a no evadirse del dolor o de lo displacentero, y que cultive la autocrítica, que escuche lo que no quiere oír, que se atreva a sentarse con sus amigos (o mejor, con sus enemigos) y preguntarles: ¿Qué opinas de mí? ¿Me doy demasiada importancia? ¿Puedes hablarme de mis defectos? Este carácter tiene una gran necesidad de sentirse amado, y es por ello que manipula y seduce tanto a los demás: si un E2 aprende a reconocer su necesidad, a saberse sediento de amor, descubrirá cuán falso es su rol de persona cariñosa y cuánto hay de simple adulación estratégica. Pero, para conseguirlo, tendrá que disciplinarse: poco conseguirá este carácter acostumbrado a vivir en la más absoluta complacencia, sin que lo confronten o pongan en cuestión. Al atreverse a escuchar las críticas, al dejar de comprar su propia mentira, el E2 dará el primer paso en el camino hacia el amor genuino, que es también el camino hacia la conciencia.

 

La personalidad superficial, adicta al éxito social (E.3).

Todas las personas de este carácter padecen, en mayor o menor medida, cierta adicción al éxito o al prestigio y a cumplir objetivos sociales o en la intimidad de la pareja. Pero mientras que el estereotipo del E3 suele mostrar a alguien agresivamente despiadado en su afán por el estatus o el lucro, otros afectados por este carácter pueden parecer frágiles e inseguros, según sea su subtipo. Incluso los hay que pueden situarse en posturas morales aparentemente contrarias a la vanidad, aunque igualmente muestren una gran dependencia de ser reconocidos.

Si bien es cierto que en el mundo de hoy casi todos nos apoyamos en mayor o menor grado en el estatus, la belleza o el dinero para darnos importancia personal, el caso del E3 es especialmente paradigmático. Si le quitas el Rolex, la seguridad que le conceden su cargo o la cara bonita, no encuentra otros asideros a los que aferrarse. Por lo general se trata de personas que parecen necesitar mucho de las apariencias, sucedáneo que ocupa el lugar del amor propio del que carecen.

Los E3 ponen su valor en los ojos del otro y necesitan de la apreciación del público, de la pareja, del jefe. En ello les va la autoestima, que no son capaces de generar solos. Por eso se apoyan en valores externos como el brillo social o, más comúnmente, en la capacidad personal de afrontar retos o de ejecutar bien el trabajo. Y he aquí la tragedia del E3: sin apoyarse en tales factores externos, sienten que no valen y, por tanto, carecen del poder personal de autovalidación que tienen otros caracteres más descarados.

Por lo demás, reconoceremos a un E3 por ser preciso, capaz, expeditivo y a veces implacable: alguien que si tiene que elegir entre la compasión y el éxito le va a dar prioridad al éxito. Así, un E3 puede ser agradable, pero con un fondo caracterial frío y calculador. En muchas ocasiones, se orienta a trepar en la escala social o laboral, para lo cual se vale de la competitividad y de las campañas de autopromoción. Llegado el caso, no duda en calumniar a sus competidores. También suele ser una persona sofisticada y entregada a la puesta en escena social que puede entretenerse en el espejo durante horas. Es muy probable que se deje llevar fácilmente por la imagen y que se fascine por la hoguera de las vanidades sociales.


Un día, el Mulá Nasrudín fue al baño turco. Los empleados lo trataron muy mal y le dieron una toalla raída. Pero él no dijo nada y, al salir, les dio una moneda de oro.
A la semana siguiente, volvió al mismo baño turco. Esta vez, los empleados le dieron un trato de primera, pero Nasrudín les dio una vil moneda de cobre.
Señor –le preguntaron—, ¿por qué una propina tan pobre por un servicio tan bueno?
Esta es la propina de la semana pasada –respondió—, y aquella es la propina de hoy. Por tanto, ¡estamos en paz!


Es fácil observar que el número de personas E3 ha aumentado de manera paralela a la consolidación de la era de plástico, de la cultura del pelotazo, del materialismo, del show bussines y del culto al cuerpo. Pero, más allá de los estereotipos, identificar a un E3 puede no resultar sencillo: su capacidad de adaptación lo convierte en un admirable camaleón.

El E3 es un carácter tan diverso como diversas son las formas que adopta el autofalseamiento, el fingir un rol social, la pose y la fraudulencia en nuestra sociedad mercantil: desde el yuppie feroz a la abnegada secretaria, pasando por el fashion victim, la secretaria eficiente, el hippie de diseño, la experta en moda, la intelectual sofisticada e incluso el activista chic que, acogiéndose a la bandera de una causa «auténtica», demuestra en realidad una enorme capacidad de adecuarse al entorno para ser aceptado. El E3 cultiva, sin darse cuenta, la típica personalidad mercantil: le preocupa el éxito, quiere que lo vean como a un triunfador, que lo aplaudan por sus méritos laborales, o que lo admiren por su belleza o por su sex appeal. Su vida la precede el «como si»; es decir, se falsea a sí mismo para estar de acorde con el entorno, aun a costa de pasar por encima de sus deseos y de su espontaneidad.

Como contrapartida, el nivel de exigencia del E3 para con el mundo es enorme: son capaces de fijarse en los más mínimos defectos estéticos de todo lo que se les pone a tiro. No hablo sólo de una barba mal afeitada o de una ropa desconjuntada, sino de una actitud exclusivista respecto al otro. El E3 es alguien que pretende vivir en una zona VIP con entrada restringida para todo aquel que no esté en su onda o que no alcance el listón de sofisticación que exige. No es de extrañar que le cueste tanto entregar el corazón. Al mismo tiempo, trata de controlar todo el tiempo la situación. Podríamos bautizar su conducta como «doctrina Evax, fina y segura». El E3 todo juega todas sus fichas a «que no se vea, que no se note, que no traspase», lo que redunda en una mayor fraudulencia y adulteración personal, además de ser una personalidad controlada, rígida.

 

Qué hacer? Cómo manejarla para una vida más autónoma, libre, más auténtica y personal?

La contemplación, la meditación, el no hacer nada, son grandes remedios para este tipo de ceguera ontológica, sin olvidar que los E3 pueden llevar vidas aparentemente normales sin reparar en que su gran patología consiste en la pérdida de la interioridad y del sentido de lo sagrado, a causa de su materialismo, de su aparente normalidad.

El E3 hallará la liberación al desprenderse de su máscara y atreverse a cruzar el desierto que hay debajo. Al principio creerá que tras la máscara no hay nada, y sentirá terror y angustia. Pero si se entrega al vacío, verá que tras andar a ciegas en la oscuridad, después de atravesar el desierto de su angustia, amanecerá en el paraíso de su verdadero yo, siempre y cuando su afán por el lucro y la imagen no saboteen el proceso de liberación.

Algo así le ocurre a James Bond en este chiste:

¿Qué va a tomar, señor Bond?
Un Martini con vodka...
No hay nadie mirando.
Ah, pues café con leche y dos magdalenas. Y acércame el Marca.

 

La personalidad victimista, quejica y acusadora (E.4).

El E4 es alguien que ha construido un ego basado en sufrir y en privarse de las cosas buenas de la vida. Y ahí reside su neurosis: no es capaz de valorar la felicidad, la alegría, el placer, pues le parecen instancias superficiales. No se da cuenta de que ya está completo, de que no necesita del sufrimiento para Ser. Su gran engaño consiste en creer que porque sufre está más «conectado» que los demás.

El E4 es un adicto a la tristeza, a que las cosas le vayan mal; necesita sentirse fastidiado para sentirse vivo. De lo contrario, el mundo le parece poco intenso. Su excesiva ansia de amor le lleva a necesitar tanto que jamás se siente saciado, y cuando las cosas le van bien se las ingenia para sentir que el vaso está medio vacío. Lo que sea necesario, con tal de sentirse mal. En su interior hay un niño eternamente fastidiado y pesimista.
 

Señor, ¿me da un helado? —dice un niño con la mirada triste.
Claro, hijito, ¿de qué sabor lo quieres?
No importa. De todas maneras, se me va a caer.


Para colmo, los E4 suelen ser muy demandantes. Parecen sanguijuelas emocionales y se comportan como unos pelmazos, quejándose constantemente y haciendo una afectada puesta en escena de su dolor. Puesto que todo el tiempo sienten la carencia, los E4 piden a los demás que les den, que los llenen («quien no llora, no mama», dice el dicho popular).

El E4 se identifica con la sensación de vacío, de falta de valor, en la aflicción, el llanto y la convicción de que es una persona mala o imperfecta. En realidad, lo único malo que tienen estos adictos al sufrimiento es que consideran su dolor algo noble. Debido a su baja autoestima, se ven a ellos mismos como personas con una sensibilidad especial que cultivan méritos sufriendo, lo cual tiene mucho que ver con ciertas actitudes de los vanidosos E3.

 

Qué hacer? Cómo hacer las paces con el mundo y empezar a disfrutar de él?

El E4 comienza a curarse cuando, ante su sensación de tragedia existencial, consigue sobreponerse y llegar a verse desde afuera con ecuanimidad, con tranquilidad de espíritu, sin dramones manipulativos.

Todos nosotros (no sólo los E4) manipulamos para compensar nuestra sensación carencial en vez de dedicarnos a lo que real y únicamente podría sanarnos: crecer, desarrollar nuestro amor propio, valorizarnos desde dentro y abrir los ojos a la realidad de que nada nos falta para estar completos. Si asumimos esto no nos resultará tan difícil acceder a ese Punto Cero, a esa Indiferencia Creativa predicada por los gestaltistas en la que uno se da cuenta de que no hace falta vivir la vida como si fuera una telenovela pasional para sentirse vivo, sino que la vida misma es la que se abre camino sola si se la deja fluir en paz, sin tanta exigencia.

 

La tendencia autista, intelectual y arrogante (E.5).

Unos alpinistas quedan aislados en un refugio de alta montaña durante una tormenta de nieve. Al cabo de dos días llega el equipo de socorro y llama a la puerta

¿Quién es?
La Cruz Roja.
Gracias, ya hemos dado.

Una vez más, un sencillo chiste nos desvela el núcleo psicológico de un carácter: el E5 es un ego que ha colonizado a la persona hacia adentro, llevándola a una reclusión existencial que le impide un contacto nutritivo con el mundo y lo deja emocionalmente aislado. He aquí a un desapegado patológico, que busca información como sucedáneo del amor, del contacto y de las relaciones interpersonales; alguien que confía más en el mapa que en el territorio y que, lejos de recorrerlo a pie, de hacer camino junto a otros, sólo confía en la teoría y deja a un lado el contacto real y cotidiano, que es lo único que realmente le sanaría.

La avaricia es una pasión que no sólo tiene que ver con ser tacaño con el dinero, sino que se relaciona principalmente con un impedimento espiritual: una pasión por la retención, por economizar esfuerzos, por no dilapidarse, por no compartirse con los demás. A esta retentividad se le suma una tendencia muy asentada a abandonar cualquier esperanza de ser nutrido, a renunciar a los placeres del mundo, al amor, a cualquier expectativa, y todo para no frustrarse. A cambio, el avaro se aferra a sí mismo y desarrolla su vida interior (aunque tan sólo en lo que respecta a las funciones intelectuales y/o, con suerte, artísticas). Como solía decir un famoso personaje E5 de la literatura —el Bartleby de Herman Melville—, «preferiría no hacerlo».



El E5 manifiesta también una velada actitud de codicia de gloria: en todo avaro hay un aristócrata que se siente intelectual o artísticamente superior a los demás, aunque lo viva en silencio y lo manifieste tan sólo a través de dicha retentividad (de los afectos, de los conocimientos, de los talentos). El E5 siente que le falta la energía, que es un pobre de espíritu, que no posee nada, y vive con la idea loca de que si deja escapar algo de lo poco que tiene, si se atreve a darse a los demás, se empobrecerá hasta la catástrofe.

De este modo, el ego E5 se contiene y se estanca en su autocontrol, convirtiéndose en el más introvertido de los caracteres. Las personas de este eneatipo suelen parecer apáticas, poco habladoras, más bien frías, intelectualizadas, obedientes y bajas de energía, mientras que por dentro se tratan con muy poco cariño y viven aplastadas por la autoexigencia de un fuerte superego. Debido a su actitud desapegada que lo aísla del mundo, el E5 ha sido definido con términos tan poco simpáticos como «autista» o idiota (aunque yo prefiero llamarlo con el término «imbécil», que etimológicamente es más exacto).




Qué hacer? Cómo aprender a conectarse con los demás, desarrollar empatía y aprender a amar?

¿Qué puede hacer una persona de este tipo para sanar su carácter? Para empezar tiene que comprender que el desapego patológico no es una virtud, sino el síntoma más claro de su enfermedad. Luego tendrá que aprender a dar, a no retener, a cultivar la generosidad. Pero ¿qué significa aquí ser generoso? Me refiero, por supuesto, a una generosidad emocional que puede traducirse en escucha, abrazo, gesto cálido, caricia, ternura sostenida en el tiempo, que poco a poco le irá calentando el corazón. Sólo desarrollando su propia capacidad para amar a otros, entregarse y entablar relaciones profundas, podrá sanar el E5 semejante agujero existencial. De lo contrario, seguirá conformándose con las migajas que le da la vida, con ser un espectador no participante.

 

La personalidad paranoica, obsesiva, conflictiva (E. 6).

En una bella y florida tarde de primavera, el Mulá Nasrudín esparcía migajas de pan alrededor de su casa.

¿Qué estás haciendo, Mulá? –le preguntó su vecino.
Ahuyentando a los tigres —dijo Nasrudín en voz baja.
¡Pero si por aquí no hay tigres! —objetó el vecino.
¿Ves cómo funciona?

A menudo nos encontramos por la vida a personas que a causa de una excesiva racionalización caen en actitudes como la reflejada en el chiste. Conducen peleándose con los conductores que no les dejan adelantar, se enfadan si les pones en duda, son rebeldes, suspicaces, discuten por cualquier cosa y están permanentemente peleados con todo tipo de autoridad (aunque, al mismo tiempo, no pueden vivir sin reglas y límites claros).

Debajo de tales comportamientos obsesivo-compulsivos subyace una fuerte ansiedad, que es una de las bases comunes al carácter miedoso. La ansiedad deriva del miedo, y persiste en el individuo como la sensación de alarma ante un peligro que, en realidad, ya ha quedado atrás. Es un miedo congelado, pero que continúa vivo en la imaginación de quien lo sufre. Para conjurarlo el E6 suele actuar de un modo hiperracional, lo que deriva en pensamientos circulares que a su vez pueden derivar en acciones absurdas que el individuo tenderá a considerar lógicas. He aquí a un tipo que siempre tiene buenas razones para justificarlo todo, que se pierde en sus laberintos mentales y sospecha de los demás y de sí mismo.

 

Uno de los grandes peajes del miedo es la desconfianza; del mismo modo, uno de los rasgos principales del E6 es la hipervigilancia. Atento siempre a posibles significados ocultos, secretos y conspiraciones, el E6 trata de adelantarse a posibles peligros. La forma en la que intenta salir de los atolladeros mentales a los que le lleva la duda constante es mediante el uso del intelecto. El E6 tiene mucho que ver con el Hamlet que sostiene una calavera mientras se interroga por el sentido de la existencia con su «ser o no ser».


 

Qué hacer? Cómo frenar la imaginación demonizadora, superar los miedos y desarrollar la compasión y el amor hacia los demás?

¿Cómo es un E6 que ha logrado trascender? Alguien que ha aprendido a bailar sin pedir permiso, alguien que ha aprendido a gozar sin culpa, que toma decisiones con claridad, que asume sus actos como propios, que habita en su cuerpo en vez de habitar exclusivamente en su cabeza. Un E6 «deber», el tipo prusiano, funcionarial, que no cuestiona la autoridad, quizás mande al cuerno su trabajo, como hace Arthur en la película Los nombres del amor, y se atreva por fin a sacar al artista o al ser sensible y gozoso que siempre habitó en su interior. Un E6 miedoso, el típico inseguro y apocado al estilo Woody Allen con su latosa cháchara cerebral, comenzará a hablar desde sus testículos (u ovarios) y madurará hacia su individuación, dejando de comportarse como un niño abandonado en busca de una madre sustituta. ¿Y un E6 «fuerte» del tipo Popeye, renunciará a su fuerza intimidatoria? Esta antigua historia oriental nos desvela un camino posible:
 

Un feroz guerrero, después de ultimar a sus enemigos en el campo de batalla, entra en una pequeña aldea con la espada desenvainada, sediento de sangre. Los aldeanos huyen despavoridos, excepto un viejo monje, que medita sentado junto a la puerta de un templo.
Todos tus paisanos huyeron muertos de miedo —le dice el guerrero—. ¿Por qué tú, vejestorio, no haces lo mismo? ¡Con esta espada, puedo partirte en dos sin pestañear!
Y yo —le responde tranquilamente el viejo—, sin pestañear, puedo dejarme partir en dos.
Iracundo, el guerrero primero parte en dos al viejo y luego, con feroces tajos, lo despedaza entero. Poco a poco se calma. Observa los restos sanguinolentos. Y sólo entonces comprende el inmenso valor del anciano. Entonces se corta la trenza, rompe su espada y ahí mismo, ante las puertas del templo, se sienta a meditar.


(E.7) El impostor, la interpretación permanente, la charlatanería. Por qué necesitan representar lo que no son?

El goloso o E7 suele ser alguien que aparece ante la sociedad como un individuo con mundo, viajado, vivido; un bon vivant, un connaisseur, talentoso, intuitivo, ingenioso, divertido, tolerante, complaciente y amigable. Alguien, en suma, capaz de fascinar a los demás con su verbo florido, de encantar a todo el mundo, igual que el flautista de Hamelín lograba hacer que las ratas y los niños le siguieran al son de su flauta. Se diría que estamos frente a un tipo capaz de venderle una nevera a un esquimal.

No es de extrañar que los actores cómicos y los humoristas de la tele, en fin, estos tipos que gesticulan todo el tiempo y cuentan chistes al ritmo endiablado de un cocainómano terminal, constituyan un sector profesional en el que el E7 encuentra un refugio natural. Estamos hablando de un bufón, un graciosillo, divertido para unos, insufrible para otros, pero sin duda dotado con cierta capacidad de entretener y entretenerse, pues alguien que es capaz de distraer así es también un experto en distraerse. Pero, sobre todo, el E7 es alguien con una innegable destreza para quitar hierro a las situaciones comprometidas y, por tanto, para convertir situaciones profundas en superficiales comedias bufas. En su afán por evitar el dolor, se convierte a menudo en una persona superficial, emocionalmente empobrecida. La ansiedad lo lleva a buscar placer compulsivamente, y a mayor vacío, mayor es la bacanal de su vida.

El E7 suele ser un refinado aprovechador o un burdo oportunista, cuando no un descarado trilero casi equiparable, en lo que respecta a hacer tratos, a los tricksters, los vendedores de crecepelos del Oeste o los jugadores de póker del Misisipí. Un vendemotos profesional:
 

¡IKEA lanza su nueva línea de mobiliario, aún más económica!
Disculpe, esto es un hacha y eso, un mapa del bosque…
¡Y aún más personalizable!


Llegados a este punto, tal vez podríamos pensar que ser un E7 no es tan malo, descontando el hecho de que se toma la vida a risa o que trata constantemente de dar gato por liebre. ¿Qué problema hay en ser un pillo hedonista? Pues que este aparentemente desproblematizado eneatipo no es ningún «entusiasta» o «epicúreo», como lo han definido algunos. En realidad, nos hallamos ante alguien fingidamente feliz: el E7 enmascara su tristeza y hasta su depresión con mucha facilidad, llevándola a su zona de sombra. No sólo niega la realidad, sino que además es un mentiroso compulsivo que se encanta con sus propias mentiras. Y todo para huir del dolor, lo cual hace que su experiencia de vida se vuelva muy superficial.

 

Qué hacer? Cómo hacer las paces consigo mism@s?

¿Cómo puede transformarse un E7? Fundamentalmente, encarando al sufrimiento. No hablo de una actitud masoquista, sino de confrontar el lado oscuro (luchando un poco contra su alergia al dolor). El E7 sólo encontrará una genuina sensación de ser cuando admita sus frustraciones, cuando se dedique a cultivar el presente con todo lo bueno y lo malo. Desde esa nueva aceptación de los hechos dolorosos de la vida, los hechos alegres toman también un nuevo color, más volumen y realismo, por lo que la vida entera se hace más vívida. Entonces, uno puede realmente sentir que está vivo y ya no necesita tironear a la vida golosamente para que le procure experiencias picantes.
 

(E.8) El tirano, el dictador.

Anoche mi vecino tuvo un ataque de locura y a las tres de la madrugada se puso a aporrear mi puerta.
¿Y tú qué hiciste?
Nada, seguí tocando la batería.


Este chiste nos habla de la insensibilidad y el individualismo radical del E8, un tipo que parece buscar únicamente su propia satisfacción así revienten los demás. Su descaro es espeluznante.

Carismático y cruel, arrogante y despectivo, el E8 logra que a su alrededor todos se sientan poca cosa. Este carácter se dedica a abrumar a los demás, a empequeñecerlos para reivindicarse. Estamos ante un líder. Y digo líder —y no autoridad— porque el E8 no reconoce otra autoridad que su caprichosa voluntad. Enemigo declarado de las normas, las convenciones y los consensos, no respeta más acuerdos que los que impone, desprecia a los que pactan como a pusilánimes y escupe sobre aquellos que acatan el orden social. De paso, no sólo desprecia abiertamente a cualquiera que tenga un prestigio o un rango, sino que los confronta osada y abiertamente para que se aparten de «su» camino, para tomar su lugar.

He aquí a alguien que se ha creído a pies juntillas que el amor es un cuento chino y que en el mundo rige la ley de la selva. Es decir, la ley del más fuerte. Estamos ante un carácter tendente a la violencia, generalmente con un físico fuerte, intimidatorio (aunque el simpático actor Danny De Vito es un E8, como también el pequeño y malcarado Maradona). Para sobrevivir —opina en su fuero interno— hay que ser un guerrero, un león. Y ello implica vivir constantemente en pie de guerra.

No en vano, nos hallamos ante un carácter no sólo revolucionario, sino a la vez extremadamente patriarcal: por mucho que muestre una actitud amigable, carismática, incluso de protección al débil, late con fuerza en sus venas el eco de nuestros antepasados, los bárbaros que destruyeron las civilizaciones pacíficas del Neolítico e inauguraron la Edad del Hierro. El E8 es un dominador: hostil, despreciativo, incapaz de adaptarse al otro y adicto al poder, se trata de esa clase de tipo que, como definió un tuitero, es capaz de «ir a un Starbucks con un palillo en la boca y pedir un carajillo mientras golpea insistentemente el mostrador con el canto de un euro».

 

Qué hacer? Cómo dejar de tenerle miedo a los demás y frenar la necesidad de control? Cómo aceptar la aceptación y el amor?

¿Y cómo puede empezar a ser más persona esta bestia infame? Digamos que su transformación pasa por el cultivo de lo sutil, de la ternura, de la delicadeza y de los asuntos corazón, así como el contacto con su parte más inocente, aunque tenga que profundizar enormemente para hallarla. Al interpretar que el mundo es una lucha constante y que siempre hay que estar dispuesto para la acción, el E8 se oscurece existencialmente. Al sentir que no puede confiar en nadie, el E8 recurre a la lujuria para tratar de sentirse vivo, pero la lujuria empobrece la ternura: es como echarle demasiado picante a la comida, ya no se siente la comida, sólo el picante.

Como para todos los demás seres humanos, aquellos que se vean aquejados de este carácter necesitan con más imperiosa urgencia que nadie sentir al otro, entender que necesitan al prójimo y que su mundo se vuelve muy pobre si en vez de pedir lo toman todo al asalto. El E8 se auntoinflige una herida muy profunda al negarse la necesidad de amor: reconocer tal necesidad es su cura.


(E.9) Zelig, el camaleón, el gregario que busca pasar desapercibido. Cómo superar el miedo a ser diferente?

El Mulá Nasrudín fue nombrado juez. Durante el primer caso, el demandante expuso con tanta persuasión que le hizo exclamar:
¡Creo que usted tiene razón!
El secretario del tribunal le rogó que demorara su decisión, pues el acusado no había depuesto aún.
Nasrudín se sintió tan conmovido por la elocuencia del demandado que al terminar éste su defensa, exclamó:
¡Creo que usted tiene razón!
El secretario no podía aceptarlo.
Señoría, ambos no pueden tener razón.
¡Creo que usted también tiene razón! —dijo Nasrudín.

¿Qué problema puede tener un tipo bondadoso, gregario, que busca no provocar conflictos, que antepone a los demás antes que a sí mismo? Así es el patán o E9: Seguir al rebaño es uno de los grandes males de este tipo, pues se adapta demasiado a las necesidades del otro, olvidando las suyas propias. Es su manera de buscar el amor: volviéndose alguien que no destaca, que no reclama y que pretende no hacerse demasiado presente para no molestar. Bajo esta conducta resignada existe un miedo a la individualidad, a pensar por uno mismo. El E9 prefiere hacer lo que hacen todos, no distinguirse ni pensar por sí mismo.

El E9 se destaca por su sobreadaptación, que no hay entender solamente como una capacidad especial para dejarse llevar por la inercia de la situación, sino como un daño que la persona se autoinflige. Sobreadaptación quiere decir autoabandono, no cuidar de las propias necesidades personales, desatenderse en un sentido especialmente psicológico (aunque la dejadez física, acompañada de falta de ejercicio, mala alimentación, obesidad y sedentarismo, también son frecuentes, especialmente en el subtipo conocido como «apetito», entregado a los placeres sencillos como la comida abundante).

La mezcla de autoabandono y estupidez serían un calvario si el E9 no se hubiera convertido en un especialista en vivir anestesiado. La resignación, la renuncia a implicarse profundamente en la vida, a vivir plenamente comprometido en el cuerpo y los sentidos, típica del E9, contrastan con la generosidad adaptativa con la que atiende los deseos y necesidades de los demás. El E9 procura no ser una carga para nadie, no molestar, lo que le condena a vivirse a sí mismo de un modo superficial.

 

Qué hacer? Cómo reconocer el derecho a ser quien eres y atreverse a manifestarlo? Cómo desarrollar asertividad, el derecho a expresarse, aun cuando te equivoques?

Para salir de ese atolladero, el E9 puede procurar dejar de ser tan patán, tan literal… Dejar de centrarse únicamente en la literalidad de las cosas, en lo concreto, y recuperar el gusto por los aspectos sutiles de la vida, profundizar en la conciencia, escribir poesía, dejarse de hobbies tontos y de tele y salir a respirar naturaleza en estado puro.

Rebelarse contra el propio automatismo de la desconexión, de la muerte en vida que significa la neurosis es una idea ambiciosa, y sin embargo, factible y revolucionaria, que puede curar a un E9 y a todo el mundo. Y, como decía Ortega y Gasset, cabe tener presente que, «a la postre, la única cosa que sustancialmente y con verdad puede llamarse rebelión es la que consiste en no aceptar cada cual su destino, en rebelarse contra sí mismo».

 

El autor.


David Barba es periodista, profesor universitario y dirige Ediciones La llave. Especializado en terapia Gestalt y el programa SAT de Claudio Naranjo, quien le enseñó el Eneagrama.


 

El libro.




El eneagrama del mulá Nasrudín

David Barba.

Plataforma Editorial.


 





















 
Marié Morales
@crecejoven

En estas páginas nos proponemos investigar las causas del envejecimiento, que es como decir de la vida y el crecimiento, y a partir de ahí, establecer unas pautas que nos permitan vivir una vida más larga, sana, y en definitiva, feliz.  más >>








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