Amistad, divino tesoro.

 El amor, la envidia y la competencia en la amistad entre mujeres.

Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Eso es algo especialmente cierto en la amistad entre mujeres, de quienes se dice que no tienen pudor para contar las más íntimas preocupaciones a una desconocida en la cola del mercado. Las mujeres se vuelcan en otras mujeres con estrechos vínculos de afecto. Pero también hay conflictos de abandono y traición, envidia por los logros conseguidos y competitividad no siempre manifiesta. La negación de estos sentimientos que consideramos "poco dignos" nos sume, además, en el silencio, el enfado y dolorosos sentimientos de culpa.

Y sin embargo, la amistad, con sus pros y sus contras,  constituye una valiosa guía de autoconocimiento y crecimiento personal.

 

Cualquier problema con la pareja se comenta con facilidad (y a veces, con demasiada facilidad), igual que los problemas con los hijos, con las madres y padres o en el trabajo. Y a menudo se comparten con las amigas. Son conflictos que están a la orden del día y se consideran, justificadamente, causa de preocupaciones, estrés y hasta enfermedad. Las paredes de las consultas terapéuticas saben mucho de problemas matrimoniales, infancias desdichadas y madres "castradoras", exigencias del jefe o conflictos con los compañeros de trabajo. Pero poca gente acude al psicólogo para contarle sus problemas con un amigo o una amiga. Y sin embargo, en especial las mujeres llegan a establecer vínculos emocionales tan estrechos en sus relaciones de amistad, que en muchas ocasiones pueden ser también fuente de malestar, preocupación, tristeza, rabia y hasta depresión.

 

Muy especialmente en las últimas décadas, los movimientos de liberación de la mujer han conseguido que se establezcan entre las mujeres nuevos lazos de apoyo y solidaridad que han hecho que nos sintamos más cerca y mejor comprendidas por el hecho de compartir tantas luchas comunes (en el trabajo, con la pareja, en las tareas domésticas, en la educación de nuestros hijos e hijas, en el deseo de autonomía y de desarrollar una vida personal) Da igual que las mujeres hayan formado parte de esa lucha o no, lo cierto es que todas nos hemos beneficiado (y sufrido también) de esta nueva situación, que ha dado lugar a nuevos tipos de relaciones.

Las mujeres hoy ven a las otras mujeres como compañeras de lucha, o al menos como iguales frente a las injustas exigencias del sistema patriarcal y de unos hombres que se aferran a sus situaciones de privilegio y a sentimientos de inseguridad inmovilizadores o de huida. No es difícil que una amiga, o conocida, nos cuente sus tribulaciones con su pareja para compartir las tareas del hogar o la rabia de que un compañero gane más que ella por igual trabajo. Y no es difícil que una mujer responda "te comprendo perfectamente, sé de qué me hablas" cuando otra le cuenta sus luchas diarias.

Eso ha hecho que se establezcan unos lazos de solidaridad nuevos y que las mujeres se acostumbren a tener a otras mujeres a su lado, amigas con quienes compartir preocupaciones y retos, con quienes desahogarse y, en última instancia, junto a las que crecer. Paralelamente, surgen expectativas latentes y tópicos respecto a la "superioridad" de la mujer: más fuertes física (ningún hombre soportaría parir) y emocionalmente (responsables de la relación y sobreprotectoras), más inteligentes (las mejores notas en la universidad y mejores resultados en la empresa), más cooperativas, más entregadas y solidarias, menos ombligocéntricas y, en definitiva, personas con quienes poder contar. Consignas como "El futuro es mujer" o "Dadle el poder a una mujer" (cuando los casos de corrupción inundan un gobierno formado unánimamente por hombres) están a la orden del día.

La peor cara de la moneda es que todos estos tópicos de supuesta superioridad humana y emocional, y sobre todo esa identificación con otras mujeres como aliadas, hace más difícil admitir los problemas, cuando surgen. Y sin embargo, junto al apoyo o la solidaridad a menudo experimentamos también sentimientos de envidia, competitividad, rabia o traición respecto a otras mujeres, incluso de nuestras amigas más cercanas. Sentimientos, muchas veces, difíciles de verbalizar y, más aún, de comprender debido a la trampa de la idealización y sobre todo, de la necesidad de identificación y fusión con otras iguales.

Y, como es sabido, cuando no se verbaliza honestamente un problema acaba pudriéndose y, lo que es peor, no comprendiéndose. La amistad entre mujeres está llena de decenas de estos problemas sin resolver.

Según las terapeutas  Susie Orbach y Luise Eichenbaum, autoras del libro "Agridulce. El amor, la envidia y la competencia en la amistad entre mujeres" (Ed. Grijalbo), en los conflictos más frecuentes y difíciles de admitir entre las amigas, se encuentran los que tienen su origen en la competitividad, la envidia, el abandono y el enfado no reconocido.
 

Competir para existir.

Claudia, una violinista de 25 años, se sentía incómoda cada vez que se encontraba con sus amigas, Anna y Carol, dos bailarinas profesionales. Aunque las tres se conocían desde el colegio y siempre habían tenido muy buena relación, en los últimos meses Claudia hablaba poco cuando estaba con ellas, y cuando lo hacía era para resaltar, aunque fuera de pasada, sus éxitos como violinista, lo que luego la hacía sentirse presuntuosa y fatal.

El hecho era, en realidad, que Anna y Carol se sentían tan insatisfechas consigo mismas (especialmente desde que Claudia había empezado a firmar contratos con buenas orquestas y viajar) que tendían a hablar de música sin reconocer nunca su trabajo. Esta falta de reconocimiento y el hecho de que sus amigas se sintieran tan cómplices espoleaba los impulsos competitivos de Claudia. Se sentía rechazada y prácticamente impedida de tomar parte en la conversación, lo cual propiciaba en ella un intenso deseo de exhibir su talento para obligar a sus amigas a reconocerla; pero como tampoco se sentía cómoda en esa exhibición, se le atragantaban las palabras.

Se sentía mal cuando se reunía con sus amigas, pero cuando se separaba de ellas se sentía aún peor.

 

Según las psicólogas Orbach y Eichenbaum, los sentimientos de competencia entre las mujeres nacen mayoritariamente de las prohibiciones que éstas han experimentado en relación con su autonomía y proyección personal. La negación de la autonomía personal y los vínculos personales (con la madre, con las amigas, con nuestra supuesta función de madres y cuidadoras) han arraigado en las mujeres un miedo al éxito y a las responsabilidades laborales, por los compromisos que éstas puedan suponer, compromisos que les impidan o dificulten sus responsabilidades familiares y humanas. Este miedo al éxito y a las responsabilidades "a lo grande" (profesionales, políticas), permanece oculto bajo las teorías de igualdad y el supuesto convencimiento de ser auténticas mujeres modernas y "liberadas", y funciona saboteando continuamente sus oportunidades de promoción o proyección social.

Sin embargo, cada vez más mujeres se arriesgan y apuestan, y consiguen sus objetivos, sean los que sean: ser autónomas económicamente, darse a conocer en su campo profesional, tener pareja o vivir  sin ella, ser madre a los 20, o a los 48 años, o no serlo nunca.

Cuando una mujer "lo consigue" (el éxito en cualquier campo de su vida), puede ocurrir que aquella amiga íntima o amigas que la han apoyado en los tiempos más duros, empiecen a distanciarse y a sentirse incómodas sin saber por qué. Sentimientos de inseguridad, depresión o tristeza se funden y confunden con la alegría sincera por los logros de la amiga y se manifiestan en reacciones impulsivas de enfado, negación, menosprecio o simplemente distancia.
 

¿Por qué una mujer se siente competitiva frente a otra mujer? ¿Qué está en juego? ¿Qué función cumplen estos sentimientos competitivos?

 Existen tres elementos que inducen a la competitividad:

  1. La competencia por el reconocimiento externo.
  2. La competencia como forma de sustituir sentimientos de insuficiencia.
  3. La competencia como intento de establecer una identidad separada.

La parte positiva es que los sentimientos de competitividad entre las mujeres son expresión de la energía que las impulsa hacia la vida, hacia la autorrealización, hacia la diferenciación y el derecho de ser ellas mismas.

Hablar de estos sentimientos con las amigas en lugar de dejar que se manifiesten de otras maneras confusas y deterioren nuestra relación, las puede llevar a manifestar sus frustraciones y deseos; poder vislumbrar y definir cuáles son los auténticamente propios, y contar con el apoyo de la amiga una vez más (la inspiración y motivación, dado que si ella ha sido capaz y se ha dado permiso, tú también puedes hacerlo) para conseguir los objetivos propios.

Detrás de la competencia se oculta otro significado, que revela una desesperada necesidad de atención, de que alguien te escuche y comprenda lo que has vivido.

 

Hombres y mujeres viven diferente la competitividad.

Los sentimientos de competitividad (al igual que el enfado, las explosiones de violencia y otros conflictos emocionales que veremos aquí) se viven de forma diferente en las mujeres que en los hombres, entre otras cosas porque mientras las mujeres buscan su identidad a través de la conexión con los demás (la cooperación, el apoyo, el servicio), los hombres buscan la suya intentando diferenciarse de las otras personas para experimentar su individualidad y su "éxito". Para los hombres, pues, la competitividad es vivida como un valor mientras que las mujeres pueden experimentarlo como una traición o un gesto egoísta no permitido.

La envidia te señala tus frustraciones y carencias.

Uno de los sentimientos más dolorosos que experimentan las mujeres hoy en día es la envidia hacia otras mujeres. La envidia duele, puede hacerte sentir recelosa, puede despertar terribles fantasías de venganza, puede distanciar a dos amigas íntimas. Por ello, muchas veces las mujeres intentan huir de ese sentimiento recurriendo al recurso psicológico de la autocrítica. ¿Por qué? Porque tener una respuesta negativa de este calibre hacia una amiga resulta tan amenazador (el dolor del alejamiento y la soledad) que te sientes mucho más segura en el dolor del odio hacia ti misma.
 

María vive con Miguel desde hace cuatro años y tienen una hija de un año. Lilian se divorció hace dos años y recientemente ha empezado a salir con chicos otra vez. Lilian le cuenta a María los pormenores de sus salidas, sus placeres y fracasos, y María comparte con ella las últimas novedades de la niña. En una noche de fiesta Lilian trae a su último amante. María observa que su amiga está radiante, sexy y realmente contenta, percibe su sensualidad cuando la pareja sale a bailar. De repente se hunde, se siente gorda, odia su vestido y su peinado, y siente que su relación con su marido es mediocre y sin chispa. Siente envidia. Y luego se reprocha a sí misma esos horribles sentimientos respecto a su mejor amiga.

El domingo siguiente Lilian va a comer a casa de María. La pareja y la niña se sientan ante un almuerzo fantástico. La niña es adorable, Miguel y María parecen rebosar de orgullo y placer. Lilian se siente fatal. Tiene 35 años, no tiene hijos y ninguna relación que pueda propiciarlos de momento. Se siente fracasada y sola, y siente envidia de su mejor amiga, que parece disfrutar de una vida completa y tenerlo todo perfectamente encarrilado.

 

La amistad entre Lilian y María podría haberse dado al traste si ambas hubiesen callado y arrastrado sus envidias y frustraciones. De hecho, lo hicieron durante algún tiempo, lo que más tarde recordarían como un tiempo doloroso, salpicado de malas caras, frases duras y malentendidos. Todo cambió cuando, finalmente y en un momento de sinceridad, María estalló en llanto y le contó a su amiga que se sentía gorda, fea y poco deseada, como si su juventud se hubiera esfumado irremediablemente. Lilian fue consciente entonces de las frustraciones de su amiga y le contó cómo envidiaba su vida, tan completa aparentemente. Días más tarde Lilian acompañaba a su amiga a renovar su vestuario, le enseñaba formas nuevas de peinarse y maquillarse y quedaban para correr por el parque o acudir al gimnasio. Por su parte, y después de horas de desahogarse con su amiga, Lilian comprendió que realmente no deseaba ser madre en este momento de su vida. Era bonito ver la vida de María, y de hecho empezó a disfrutar mucho más sus visitas, sintiéndose parte de ella y estrechando su relación con la pequeña Rosa; pero no era la vida que deseaba para ella en estos momentos, en los que tenía otras prioridades, que se centraban más en su trabajo y sus proyectos de política social local.

 

La envidia no es algo que deba reprimirse por insolidario, sino que es una respuesta emocional a tomar en consideración. Por otra parte, se puede entender la envidia como una señal de que quien la siente aún no ha claudicado. Prestar atención a este sentimiento, abordarlo sinceramente y compartirlo con la amiga en cuestión, puede ayudarte a detectar tus carencias y frustraciones y ponerte en acción para resolverlas.

Abordando los sentimientos de envidia sinceramente y sin complejos puedes empezar a luchar contra las voces interiores que sabotean la posibilidad de realizar tus propios deseos.

 
 

Hombres y mujeres viven la envidia de manera diferente.

Los hombres, por su parte, pueden considerar la envidia como una motivación y un estímulo importante para la competitividad. Factores que les ayudan a alcanzar el éxito.

El abandono o aceptar que crecemos de maneras diferentes.

Aun sabiendo que las amigas íntimas establecen una dependencia emocional recíproca, muy pocas veces consideramos en toda su magnitud la importancia de estos lazos. Ello es así porque nuestra cultura otorga a la amistad un lugar secundario, y en cambio considera que sólo los matrimonios y las relaciones sexuales son realmente significativas.
 

Cristina y Andrea son muy buenas amigas; están solteras y ambas rondan la treintena. Cristina es maestra en un parvulario y Andrea estudia Derecho. Cada noche se llaman para contarse sus cosas y quejarse de los problemas del día, y pasan casi todos los fines de semana juntas. En su último año de carrera, Andrea conoció a Julia, una mujer segura y satisfecha de sí misma a la que le gusta pasarlo bien. Andrea se sintió fascinada con ella; el optimismo de Julia y su capacidad para pasarlo bien en cualquier circunstancia empezó a influirle y a producir cambios en su personalidad. Siempre que estaba con Julia se divertía y, al mismo tiempo, empezaba a aburrirle el eterno victimismo y las quejas de Cristina. Si bien meses atrás el apoyo mutuo que se daban a la hora de abordar sus respectivas frustraciones era un aspecto fundamental de su relación, ahora Andrea veía el negativismo de Cristina como un peligro para volver a caer ella misma en el pesimismo. Andrea empezó a evitar a Cristina y Cristina se sumió en una profunda depresión al verse abandonada pro la persona de quien nunca hubiera esperado algo así.

La situación mejoró cuando Cristina le contó a su amiga su dolor por sentirse marginada de su vida y Andrea su miedo a volver a caer en su antigua costumbre de queja y victimismo, que había acabado convirtiéndose en su forma de relación. Ella, Andrea, había cambiado y veía las cosas de otro modo. Y en este proceso de cambio, su modo de relación con Cristina tendría que transformarse también.

 

La vida cambia, las situaciones cambian, las etapas se transforman, y a medida que los intereses cambian, también lo hacen las amistades. Resulta inevitable que nuevas posibilidades y una mayor madurez comporten nuevas alianzas y las pérdidas de algunas anteriores. Lo cual no disminuye el dolor del duelo por el que habrá que pasar, igual que si se tratara de una de las diversas parejas que puedes tener a lo largo de tu vida. Duelo en las dos partes: tanto la que se siente abandonada como la que siente que debe abandonar.

A menudo las mujeres se enfrentan a esa dicotomía: quedarse juntas en el mismo sitio o avanzar en una dirección diferente. Una decisión difícil de tomar, porque, sin saberlo, muchas veces las amigas han construido la ilusión de que se trata de avanzar juntas al mismo ritmo. Pero no siempre es posible. Ni en lo que respecta a la velocidad ni tampoco en lo que respecta al camino. Y sin embargo, a menudo en la amistad entre mujeres la diferencia no es tolerada, se vive como algo peligroso y amenazador, y evoca sentimientos de abandono.

Como consecuencia, muchas veces la mujer llega a convencerse de que su autorrealización tiene un precio: por una parte, engendra sentimientos de culpa en una misma, mientras en las otras puede despertar sentimientos de envidia, competencia y rabia.

La solución está, pues, en enfrentarte a los temores inconscientes del abandono, permitirte crecer y que crezcan tus amigas de maneras diferentes y separadas, aunque dentro del marco de la amistad, construyendo así las bases para que nazca una nueva confianza y un nuevo concepto de la amistad, más libre y sincera, y no por ello menos profunda y real.

Mientras que todo el mundo compadece a una mujer que pierde a su pareja o la soledad que conlleva la ruptura, muy poca gente toma en consideración la soledad y la inquietud que una mujer siente cuando la relación con su mejor amiga cambia.

 
 

Hombres y mujeres ven el abandono de manera diferente.

En la amistad, los hombres no se entregan tanto ni comparten generalmente cuestiones muy íntimas, por ese motivo la ruptura con los amigos no suele ser tan dolorosa.

 El enfado te dice que hay algo que resolver.

En las relaciones entre mujeres existen dificultades, desacuerdos, faltas de consideración y otros choques que provocan enfado tanto como en cualquier otra relación íntima, y sin embargo a las mujeres les cuesta desahogar directamente la rabia que provocan estos contratiempos. ¿Por qué es así? Porque la sensación de abandono y soledad por la diferencia  puede hacer que el enfrentamiento se acerque al punto de ruptura, dando lugar a un trasfondo de culpabilidad y acusaciones que hacen intolerable la situación para ambas partes. A menudo, tras muchas contenciones y silencios, puede darse una explosión de rabia que deja aterradas a ambas mujeres, disuadiéndolas de manifestar en el futuro sus sentimientos de enfado con la otra.

En la amistad entre mujeres, muchas veces la diferencia no es tolerada, se vive como algo peligroso y amenazador, y evoca sentimientos de abandono.

Roberta es enfermera en un hospital. Es eficiente profesionalmente y muy atenta con sus pacientes. Todo el mundo admira sus cualidades humanas y su entrega. Sus amigas vuelcan  sus preocupaciones y problemas en ella, porque saben que pueden contar con que va a escucharlas y a ayudarlas en lo que pueda. Sus puntos de vista son siempre ecuánimes y sinceros. Y sin embargo, se siente incapaz para expresar sus propias necesidades, como si fueran nimiedades sin importancia en un mundo lleno de "auténticos" dramas humanos (las enfermedades con las que convive, los efectos de las guerras, inundaciones y tornados que observa en las noticias). Ello hace que a veces se enfade mucho cuando alguna amiga persiste en lamentarse de su suerte durante un tiempo prolongado, sin hacer algo efectivo para cambiar su situación. En esas situaciones calla para no herir la sensibilidad de su amiga o, eventualmente, le responde con sequedad.

Lo que Roberta no ha comprendido bien es que parte de su capacidad para saber, intuir, leer las necesidades de los demás procede de su propia necesidad de interés y afecto. Roberta no se cree con derecho a llevar sus propias necesidades al seno de una relación. Se avergüenza de ellas y tiene miedo de invadir el terreno de otras vidas con sus "pequeñas" cosas. Pero al mismo tiempo siente que otras personas, incluidas sus amigas, están invadiendo su vida (y dejándola exhausta y a veces sin tiempo para sí misma) con sus pequeñas cosas.

Esta privación emocional se traduce con frecuencia en una entrega compulsiva, en depresión, en desesperanza, en resentimiento y en rabia crónicos. Una persona como Roberta puede estar demasiado desconectada  de sí misma para darse cuenta ni remotamente de lo mucho que anhela que las demás personas puedan comprenderla, verla por dentro, aceptar sus necesidades afectivas, entenderlas y darle también lo a ella.

 

"Si no piensas como yo es que no me quieres".

Además de la entrega sin límites, otro motivo importante de enfado consiste en las exigencias de identificación. A menudo una mujer siente crecer su indignación cuando ve negada su experiencia o su visión de las cosas. Se trata una vez más de la incapacidad de aceptar la diferencia, como si necesitara la aprobación absoluta e incondicional, la identificación total, para sentirse realmente aceptada y querida. Por otra parte, el enfado de la otra la devuelve a situaciones de la infancia, en la que el enfado de la madre se vivía como si le negara su cariño. Pero en realidad no se trata más que de una profunda inseguridad personal que la lleva a necesitar estar siempre absolutamente de acuerdo, o, en caso contrario, siente invalidadas sus posiciones y amenazado su yo.

Expresar el propio enfado significa escucharse, defenderse cuando una se ha sentido violentada, ignorada o negada.  Si es posible expresar el enfado sin tener la sensación de estar perdiendo el control o dañando a la otra, este sentimiento puede resultar útil para ambas amigas.


Hombres y mujeres ven el enfado de forma diferente.

Para los hombres, el enfado está considerado como una forma de "hombría", de asertividad, y no provoca tantos conflictos emocionales y sentimientos de culpa como en las mujeres.

 

Cuando los sentimientos se mezclan.

A veces, en las relaciones de amistad se dan sentimientos confusos en los que se mezclan varios de estos conflictos emocionales.

 

Mercedes trabaja en un grupo de asistencia social. Había realizado un estudio en profundidad sobre la infancia maltratada y la primera vez que le pidieron una charla sobre el tema se puso tan nerviosa que estuvo a punto de negarse a hacerlo. Sólo la animó el apoyo de sus compañeras de equipo. Después de eso, Mercedes empezó a ser reclamada y entrevistada. Sus compañeras empezaron a distanciarse de ella pero Mercedes estaba tan ocupada como jefa de grupo que no se dio cuenta hasta que en una comida profesional encontró a sus compañeras de equipo en otra mesa, disfrutando de una de esas cenas semanales a las que asistían religiosamente, y donde Mercedes no había participado en los dos últimos meses, a veces porque estaba ocupada pero, sobre todo, porque finalmente ellas habían dejado de invitarla. Mercedes se sintió muy dolida (echaba de menos su antigua relación con sus compañeras de trabajo y amigas) y se lamentó interiormente del precio tan alto que estaba pagando por su éxito profesional.

Cuando a Mercedes empezaron a irle bien las cosas se despertaron en las demás sus propios deseos de reconocimiento público, deseos que antes no consideraban a su alcance y, por lo tanto, no eran conscientes. El éxito de Mercedes las puso en contacto con sus propias ambiciones no realizadas y empezaron a sentirse pequeñas, deprimidas y resentidas. Los sentimientos de envidia y competitividad se unieron a la sensación de abandono y al enfado contra Mercedes y contra ellas mismas por su incapacidad. Y acabaron marginándola de su grupo con la idea de que "se había hecho demasiado grande y ya no las necesitaba".

Laura era la directora de un grupo de ballet femenino de importante proyección nacional e internacional. Cuando decidió quedarse embarazada y pedir dos años de excedencia, el grupo lo vivió como un abandono y surgieron muchos miedos de no poder salir adelante. Sin embargo, con el paso del tiempo el grupo siguió cosechando algunos éxitos. Cuando Laura regresó las relaciones no fueron fáciles. Muchas bailarinas pensaban que ya no necesitaban su dirección ni su autoridad; temían que Laura obviara o no reconociera sus éxitos y todo volviera a ser como era antes, después de que Laura las había abandonado cuando le había parecido para construir una vida personal (una familia) a la que el resto estaban renunciando por priorizar su profesión.

Envidia, competitividad, enfado y sentimiento de abandono se mezclaron una vez más para convertir en un infierno las primeras semanas tras el regreso de Laura. Afortunadamente, supieron hablar de sus miedos y resentimientos y Laura volvió a ser admitida como líder del grupo, si bien hubo que establecer algunos cambios en las relaciones y otras bailarinas pudieron desarrollar las habilidades y responsabilidades que descubrieron que poseían durante la ausencia de Laura.

 

Hombres y mujeres.

Para las mujeres, resulta más fácil ayudar y apoyar en la debilidad que hacerlo en la fortaleza. Para los hombres, por el contrario, el éxito es como un imán que atrae amigos y relaciones, mientras que la debilidad y los supuestos "perdedores" son evitados porque les pone en contacto con la propia debilidad y los miedos a ser considerados uno de esos perdedores.



Agridulce. El amor, la envidia y la competencia en la amistad entre mujeres



Susie Orbach y Luise Eichenbaum


 


Texto: Marié Morales.




















 
Marié Morales
@crecejoven

En estas páginas nos proponemos investigar las causas del envejecimiento, que es como decir de la vida y el crecimiento, y a partir de ahí, establecer unas pautas que nos permitan vivir una vida más larga, sana, y en definitiva, feliz.  más >>








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