Laura Gutman:

Necesitamos contar con el apoyo de la tribu para la crianza de nuestros hijos.



En la crianza, padre y madre han de afrontar sus responsabilidades, y para ello necesitan el apoyo de la "tribu". Pero para contar con los demás necesitamos estar presentes también en sus necesidades. Sólo siendo personas generosas vamos a poder construir un entramado de relaciones.


Ser madre es una empresa titánica. Y ser padre también. Lo malo es que cuando el padre no cumple sus compromisos, es la madre quien se enfrenta a dos empresas titánicas, lo cual resulta doblemente difícil y a menudo imposible. Y todo el mundo pierde en esta aventura, empezando por la criatura recién llegada.

Pero esto tiene arreglo. Cómo?  Empezando por que cada cual asuma sus propias responsabilidades y busque sus apoyos donde los haya.
Y para eso hay que recurrir a la familia extensiva, a las amistades, a la tribu.
 
Laura Gutman nos lo explica con detalle en su libro  Mujeres visibles, madres invisibles (Integral).
 
 
¿Los seres humanos somos depredadores de nuestras propias crías? Se que las amamos...

El amor va por un lado y la ignorancia sobre la realidad de una cría humana por otro. Las desatendemos, nos enfadamos, imponemos reglas sociales mucho antes de que puedan ser un ser social y desatendemos las necesidades básicas de las que dependen para sobrevivir.

¿Y cómo hacemos todo eso?
Por ejemplo, dejándoles llorar. Eso es una barbaridad. Los bebés cuentan con dos herramientas para sobrevivir: la succión y el llanto. Con el llanto nos avisan de que algo va mal, que necesitan alguna cosa. Si desatendemos el llanto no tienen otra manera de avisarnos. Que lo hacen para llamar la atención? Pues claro, porque necesitan nuestra atención. ¿Y qué hay que hacer entonces? Prestarles atención y tratar de decodificar.

Y parece ser que las madres, especialmente, somos las depredadoras.
Porque entre la madre y el bebé se establece naturalmente una fusión emocional. La madre olfatea y gusta como si fuera el bebé y esta fusión es indispensable para interpretar sus necesidades. Pero en la medida que escuchamos voces externas, teorías extrañas a nuestra experiencia, si ponemos la razón por el medio, resulta una vivencia enloquecedora. Y ahí empiezan a surgir los traumas en la infancia.

Ninguna madre viene con un manual bajo el brazo.
Venimos con el bebé en los brazos. Es mejor que un manual. El bebé es real y nos puede guiar simplemente haciéndole caso.

¿Y qué nos impide hacerles caso?
Las madres somos personas reales con historias reales y en general llegamos inmaduras a la maternidad, con historias difíciles. Venimos con historias insatisfechas de nuestra propia infancia, y por eso estamos más atentas a satisfacer nuestras propias necesidades. Y lo mismo les ocurre a los padres. Una madre muy madura no se empareja con un padre inmaduro. Así que, en general, somos dos individuos inmaduros. Nos morimos emocionalmente si respondemos a las necesidades del bebé y, como nos pide, decimos que es muy demandante. ¿Pero es demandante en relación a qué? A nuestra capacidad de dar.

¿Qué función tiene el padre en la crianza humana?
Cuidar a la madre y al bebé. Tiene que proteger a la madre para que ella pueda realizar su función. Pero para eso se requiere que él sea maduro. Y a menudo no lo es. Él también es demandante. En lugar de proteger la crianza del bebé, el padre demanda a la madre para sí, quiere que esté con él. Y la madre quiere tiempo personal. La pareja son dos adultos niños reclamando llenar sus agujeros y al final quien pierde es el bebé.


 Demasiadas exigencias para una mujer sola, tal vez.
Y ante esto la madre responde a menudo con un “yo me quiero ir, te dejo al bebé”. Y si la madre necesita respirar, que respire, pero antes tiene que haber organizado algo para el bebé.

Y no siempre es el padre.

A veces ni siquiera hay un padre. Hay un gran número de familias a cargo sólo de la madre (o del padre). Por eso tenemos que mirar a nuestro alrededor para ver en quién podemos delegar y con quién contamos para pedir el acompañamiento. Lo que tenemos que hacer es plantearnos cómo podemos ampliar nuestros recursos emocionales y construir un entorno de apoyo de modo que el bebé esté satisfecho.

 ¿Cómo construir un entorno de apoyo?
Por una parte, volver la mirada al tío o la tía, la vecina, la amiga, el apoyo de la tribu. El problema es que en las sociedades urbanas nos hemos separado mucho, nos hemos individualizado y por eso cuesta trabajo volver a conectar, pero no es imposible. En el futuro vamos a tener que inventar redes, y en concreto redes femeninas. Porque el masculino no va a organizar el cuidado de las criaturas.

Usted dice en su libro que una sola madre no puede criar a un niño pero que cinco madres pueden criar a cien niños.
Así es.

¿Cómo hacerlo?
Una vez más, hay que mirar alrededor. Una madre que se siente sola y aislada descubrirá que no es la única; al lado hay una vecina aislada, y en la puerta de la escuela encontrará a otra madre aislada. En todas partes hay madres aisladas. Necesitamos conectar para poner fin a esta cadena de generaciones de niños y niñas abandonadas.

Suena duro eso del abandono.
No es un problema moral, esto no tiene nada que ver con la moral. El hecho es que el amor es algo que se construye todos los días o, si no, se destruye. No les abandonamos por falta de amor sino por dificultades de vinculación con nuestros propios hijos e hijas.



Volvamos al cómo. ¿Qué podemos hacer las madres y padres en una sociedad sin tribu?

Primero de todo, ponerle un nombre a lo que nos pasa, visibilizarlo, contemplar las carencias. Y eso es lo que intento yo en este libro sobre “mujeres visibles, madres invisibles”. Seguidamente, mirar alrededor, a quienes tenemos cerca, poder conversar con otras madres sobre nuestros problemas, compartir, qué madre no ha pasado alguna vez por un momento de desesperación en el que lo tiraría todo por la borda. No pasa nada, expresarlo, contarlo en primera persona del singular, sin levantar banderas de ideologías o teorías. Dar para obtener. Si somos personas generosas, vamos a poder construir un entramado de relaciones.


Y en la práctica del día a día cotidiano.

Abrir nuestras puertas. Recuperar las visitas. Es muy importante que otras madres y padres vengan a casa. O ir a otra casa. Compartir esa hora nefasta de las 6 o las 7 de la tarde. No quedarte en casa esperando a ver si llega tu pareja, si se retrasa un minuto o diez eternos minutos. Salir a compartir y reunirte con otras personas adultas con niños. Estar disponible para socializar, al margen de tu pareja, tanto si tienes pareja como si no.


Hay quien dice que volcarnos tanto en nuestras criaturas puede dar lugar a personas adultas egocéntricas y tiránicas.
A veces creemos que nos hemos dedicado a ellas y hay que ver si de verdad hemos respondido a sus demandas o nos hemos metido en nuestros propios agujeros emocionales. Una criatura puede ser egocéntrica porque sigue pidiendo lo que necesita y no es escuchada.

¿Y qué pasa cuando una criatura en su infancia parece feliz, considerada, agradecida, con capacidad para apreciar las cosas, y al llegar a la adolescencia empieza a cuestionarlo y a criticarlo todo? ¿Es un proceso normal?
Una criatura excesivamente agradecida puede estar respondiendo al deseo materno. Si un adolescente está hiperrebelde es porque cuando fue niño no fue comprendido. Los hijos nunca deberían responder a la satisfacción de los adultos. En cualquier caso, un chico o una chica adolescente deberían poder contar con figuras adultas fuera de la madre y el padre. Necesitaríamos recuperar la figura del padrino, la tía, el tutor, la maestra, el entrenador de deportes o la profesora de música, alguien adulto en quien confiar fuera de la familia. Otra vez, esa figura nos está faltando por falta de tribu. A falta de tribu, hay funciones que quedan sin ocupar, y ésta es una función muy importante especialmente en la adolescencia, cuando se da el fin de la fusión emocional con la madre y el inicio de la individualidad.

¿Cómo responder ante las facturas inacabables que suelen presentarnos nuestros hijos e hijas en la adolescencia o más adelante?
Escuchando. Lo más importante para un hijo o hija, a cualquier edad, es tener padres que se cuestionan a sí mismos, que tengan la humildad de pedir perdón.

Al fin y al cabo las madres también fuimos hijas desatendidas.

Claro, igual que nuestras madres y las madres de ellas. Por eso, lo importante es hacer algo para parar esa cadena de criaturas desatendidas, que yo sea la última, que a partir de aquí mis hijas y los hijos de mis hijas puedan ser personas sanas y maduras. Y para eso hay que hacer un trabajo de indagación personal: qué me sucedió en mi infancia, qué cosas hice después que me salvaron; empezar a tomar decisiones conscientes, a abandonar los personajes. Y eso no siempre es fácil porque los personajes son sitios calentitos, nos salvaron en la infancia y ahora no estamos dispuestos a abandonar fácilmente sus beneficios.

Así que el objetivo es conocernos mejor y transformar lo que haya que transformar, sin odios y sin culpabilizar a nadie.
Con odio o resentimiento no puede haber autoindagación. Por otra parte, cuando comprendes aparece mucho más amor que antes y, entre otras cosas, comprendes que no tienes nada que perdonar, porque todo el mundo hace lo mejor que puede, también tu madre. Al entender eso, amamos más.

 

El rol del padre.


En el mundo occidental, y especialmente en las grandes ciudades, nos hemos quedado sin tribu. Encontramos entonces que toda la compañía, la comprensión, la ayuda, la disponibilidad y la empatía que una tribu entera nos hubiera ofrecido ahora se concentran en una sola persona: el padre de la criatura.
Por eso, una cosa es lo que las madres necesitamos y otra lo que sólo un individuo nos puede ofrecer, reemplazando los roles de muchos.

En cualquier caso, aun no pudiendo cubrir todas las necesidades él sólo, el padre debería organizar y asegurarse de que están cubiertas todas estas áreas:

1. La madre necesita delegar todas las tareas que no son imprescincibles para la supervivencia del bebé. De forma que todas las tareas domésticas, el cuidado de los hijos mayores, la organización del hogar, el dinero, las relaciones interfamiliares, las salidas al mundo y otras decisiones deben ser resueltas por otros. Y es el padre quien se espera que se encargue de organizarlo.

2. La defensa del mundo exterior (consejos, críticas, sermones acerca de lo que “hay que hacer”), alguien que pueda resguardar el nido para que la madre disponga de suficiente silencio e intimidad.

3. Proveedor de alimento, bienestar y tranquilidad.

4. Que apoye activamente la introspección de la madre, permitiendo que ésta confíe en su proceso interno, aun si él no comprende racionalmente lo que le pasa.

5. Que tome decisiones en lo económico, organizando el funcionamiento familiar y resolviendo cuestiones del mundo material para toda la familia, sin olvidar que su trabajo y el fruto de su trabajo no son para el beneficio personal sino de toda la familia.

6. Que acepte a la mujer devenida madre sin cuestionar sus decisiones e intuiciones sutiles. No es tiempo de discusión. Es tempo de aceptación y observación. Es tiempo de contemplar cómo suceden las cosas.
 


En resumen, se trata de estar al servicio de las necesidades de la madre que, a su vez, ha de estar al servicio de las necesidades del bebé. Muchas veces puede parecer un rol frustrante porque no hay nada muy visible ni que merezca ruidosos aplausos (especialmente para el hombre acostumbrado a la actividad social y a la pronta aprobación social).

Generalmente, los hombres se ven imposibilitados de responder a esta empresa titánica, al mismo tiempo que las mujeres se sienten insatisfechas y perdidas, mucho más si, finalmente, toda esta empresa “titánica” que el padre no resuelve pasa a recaer sobre los hombros de ella, dejándola sin posibilidad de cumplir su función de madre y nodriza. Y, una vez más, quien pierde, junto a ella, es el bebé.

La solución está en darnos cuenta de que tanto las madres como los padres estamos demasiado solos en la compleja tarea de criar a nuestros hijos y empezar a tratarnos un poco mejor en vez de responsabilizar a la otra persona de lo que nos pasa. La solución está en hacer un esfuerzo por comprendernos un poco mejor y preguntarnos unos a otras todos los días: “¿Qué necesitas hoy de mí?”.

 

La autora.

Laura Gutman dirige el centro Crianza. Es terapeuta familiar, especializada en la atención de madres y padres. Profesora en la Escuela de Capacitación Profesional de Buenos Aires. Imparte conferencias, seminarios y talleres internacionalmente y es autora, entre otros, de “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”, “La familia nace con el primer hijo”, “Crianza” y “La revolución de las madres” (todos ellos publicados en Integral).

 



El libro.

Mujeres visibles, madres invisibles.

Integral.

282 páginas.

  





















 
Marié Morales
@crecejoven

En estas páginas nos proponemos investigar las causas del envejecimiento, que es como decir de la vida y el crecimiento, y a partir de ahí, establecer unas pautas que nos permitan vivir una vida más larga, sana, y en definitiva, feliz.  más >>








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